martes, 16 de julio de 2013

Chau, Ariel. Hasta siempre. Gracias por todo.


No me conocés. No me viste nunca en tu vida. Paradójicamente, yo sí te conozco. Cómo no conocerte, si crecimos juntos… Con los ídolos, la relación es así. Uno siente que si se lo cruza en un pasillo, lo saludaría como quien saluda a un familiar o a un amigo de la infancia. Por eso, siento que nos conocemos.
 
No tenés idea lo que generaste en tantos otros como yo a lo largo de todos estos años. En mi corazón rojo y blanco, el lugar más grande te lo ganaste vos. Ese lugar especial se lo birlaste a Enzo, a quien también lo tengo en el olimpo de mi alma. No hay muchos más… Al menos, no compartiendo ese status de ídolo contemporáneo, carismático, sencillo y humilde que arranca sonrisas con el sólo hecho de entrar a una cancha de fútbol o de pararse frente a un micrófono. A futuro, es prácticamente imposible que alguien te  pueda arrebatar ese lugar de privilegio. A decir verdad, el fútbol sin tu alegría ya me empieza a dar un poco de tristeza. Quizás sea la edad, vaya uno a saber.
Tengo enormes y muy gratos recuerdos de toda tu carrera. Tus primeros pasos con esos enganches de hasta tres o cuatro por jugada antes de tirar un centro. Tus goles en la Bombonera. Un golazo a Talleres de Córdoba en el Monumental. Asistencias a Enzo y a Crespo. El golazo a Ferro luego de que nos pasara por encima la Juve en la final de la intercontinental. La libertadores 96 completa. Valencia, Sampdoria, Parma, Fenerbace, Independiente Rivadavia. Verte con los colores de Newell’s fue raro, pero igual me alegré por vos. All Boys y Defe. Aquel gol a San Lorenzo relatado por Lito me hace emocionar cada vez que lo veo.
 
Me acuerdo también estar en la cancha el día que jugábamos contra Racing y Ramón te quería sacar. No saliste y se armó revuelo. Gracias a la viveza del Diablo Monserrat se resolvió sin mayores discusiones. Era como si supieras que ese día River, como tantas otras veces, te necesitaba. Te quedaste en la cancha y la descosiste. Toda. Goles y enganches made in Ortega. Me acuerdo también el día del 3-0 en la Bombonera. Víctor Zapata, ya de noche y consumada la fiesta, contaba cómo vos organizabas todas las jugadas por medio de chiflidos, marcando el tiempo para que nadie hiciera una de más. Me acuerdo también de la selección. Los mundiales. El penal a Van der Saar que no fue… Vaya uno a saber por qué… Era más fácil que te cobren penal a vos que nos dieran el gol con la mano de Diego en el 86´… Pero la historia quiso que no fuera. Más acá, recuerdo también que la última vez que salimos campeones fue gracias a tu magistral aporte. Buonanotte hizo como 12 goles de tu mano. El campeonato siguiente se fueron Carrizo y vos y salimos… últimos. Fue el principio del fin…
También me acuerdo, no sin dolor, de la parte triste de tu vida. La prisión emocional de Turquía. Los problemas fuera de la cancha. Los periodistas disfrutando el escarnio público. Esos mismos que tantas veces se llenaron la boca elogiándote. Y la gente mal intencionada que se olvidaba que atrás del Burrito-jugador, hay un Burrito-persona. Que tiene una familia por detrás. En Argentina, la desgracia ajena se disfruta por sobre la gloria propia. Pero si en algo se sustenta la idolatría, es en la incodicionalidad. Eso explica que en esta etapa el vínculo se hiciera más fuerte. Durante esa etapa en el ostracismo (con la prohibición de la FIFA para  jugar) me acuerdo de buscar ansioso la noticia que más tarde llegaría. Esa que decía que se arreglaba la suspensión y podías volver a jugar.
Los vaivenes siguieron varios años más. Y nos fuiste acostumbrando a la ruleta emocional, pasando de la euforia a la amargura con tan solo una foto de algún imbécil vanagloriándose de encontrarte de rodillas, tras un nuevo tropezón. Y lo futbolístico pasó a un segundo plano. Los que te queremos, queríamos verte bien. Feliz. Sin importar que  no pudieras regalarnos más gambetas.
El sábado te despediste. Como tantas veces. Pero en las anteriores sabíamos que en algún momento ibas a volver a casa a deleitarnos con tus amagues. “Se va uno de los últimos grandes ídolos”, rezaba una placa. Me hizo dar cuenta que este fútbol argentino en constante emergencia nos está dejando sin una de las cosas más lindas que tiene el fútbol: nuestros ídolos. Verón nos regalará otro semestre. A Román no le queda mucho. Me cuesta imaginarme tipos que jueguen tanto tiempo y tan bien en nuestro fútbol vernáculo. El fútbol argentino no sale de terapia intensiva. Y nadie parece darse cuenta. Hace  poco veía gente llorando por un descenso. No la entiendo. Es un momento duro y amargo, pero no para llorar. Si llorás por algo así, es  evidente que en tu vida nunca te pasó nada doloroso en serio. Yo no lloré cuando nos fuimos a la B. Tenía bronca, sí. E impotencia. El sábado, en cambio, no pude contener las lágrimas. Veía tus canas en esa cara que parece siempre de veinte años. Ese mentón salido, producto de tanto reirte y sonreir. Siempre con buena onda. Admirado y querido por pares, y muy respetado por rivales. Nunca te la creiste. Nunca un comentario de mala leche. Amigos en todos los clubes. Dejando una impronta en la gente a la que te rodeó. En eso también sos ídolo. Porque nunca dejaste de ser Ariel de Ledesma.
No estoy para juzgar qué cosas hiciste bien o mal. No me interesa ni tengo autoridad alguna. Demostraste que sos humano como todos y como ninguno a la vez. Si no hay grandeza en caerse, sí la hay en levantarse.

Es por eso, Ariel querido, que sólo quiero decirte GRACIAS. Y de corazón te deseo que vivas mucho tiempo más y puedas disfrutarlo con tus seres queridos. A los que vos querés, obviamente. Porque los que te queremos somos tantos que no te alcanzarían ni cien vidas para estar un minuto con cada uno de nosotros.
 
 

martes, 19 de febrero de 2013

El Cruce (segunda parte)


Acá estamos nuevamente para todos aquellos intrigados en conocer el desenlace de los aventureros...

Intentaré mantener el grado de detalle en la narración, ya que si están leyendo esta parte es porque evidentemente les gustó la primera. No puedo comprometerme porque el cansancio y el ladino tiempo se complotan para intentar borrar algunos recuerdos. Por supuesto que los más lindos (y también los más feos), son los más difíciles de borrar... 

Día 2: la materialización de la locura

El día amaneció algo nublado. Un guiño del tiempo para con nosotros. Ponerse las zapatillas aún mojadas del día anterior es algo bastante desagradable. Es como si los pies se resistiesen, quizás sorprendidos de que el esfuerzo del día anterior no haya sido suficiente para terminar con el asunto. Ni qué decir de ponerse la camiseta oficial de la carrera... 

Los músculos se van despertando por turnos. Primero el tren superior, luego los gemelos y los cuádriceps. A los isquiotibiales y los glúteos parece costarles un poco más, pero de a poco van recuperando movilidad. Ya después del desayuno, cuerpo-mente-ropa ya son uno nuevamente y nos encontramos listos para proseguir con el itinerario.

Lejos de ser expertos, pero sin dudas mucho más experimentados que el día anterior, cargamos inteligentemente nuestras mochilas: agua, geles, frutas, botellitas de agua para cargar de los arroyos, y rompevientos... Los dioses de la montaña se apiadaron de nosotros e impidieron que dejáramos los rompevientos en los bolsos, algo que teníamos pensado hacer luego de evaluar el peso de los mismos y de sopesar la inocente creencia de que, como el primer día no los usamos, no los necesitaríamos más nunca.

Nuevamente, una caminata previa que no se computa en los registros. Habrá sido un kilómetro desde el campamento hasta un precario puente que los colectivos no se atrevían a cruzar. Nos subimos al bondi que nos transportó hasta la largada y, sin más prefacio, arrancamos lo que sería una de las pruebas físicas y mentales más exigentes de nuestras vidas.

Ya de entrada, el segundo día nos mostraba sus afilados dientes... Una larga y empinada subida por un camino de autos. La temperatura rondaría los 18-20 grados. Fresco, pero mientras se mantiene el calor corporal, es una buena temperatura. Empezamos tranquilos, pensando en tardar unas nueve o diez horas. La categoría equipos había hecho esta etapa el día anterior, y en el campamento circulaban rumores de que había gente que había tardado hasta trece horas... 

Los grupos de corredores comenzaban a pasarnos. Uso adrede la palabra grupos, ya que no son equipos. Cada corredor es parte del grupo en tanto y en cuanto pueda mantener el ritmo del mismo. Caso contrario, irá quedando relegado. En definitiva, es un poco el espíritu del corredor. Uno corre contra sí mismo, no contra los demás.

Habrían pasado unos cuarenta y cinco minutos de la salida, cuando nos miramos y nos propusimos casi al unísono empezar a meterle ritmo. Y así fue. Empezamos a trotar y a correr en las partes planas y bajadas, y a subir a buen tranco en las subidas. Una vez que se terminó el camino de autos, nos adentramos en un frondoso bosque, cuyo suelo estaba blando, producto de la lluvia de la noche anterior. A la hora nos comimos una fruta y tomamos un poco de agua, comenzando una rutina que no abandonaríamos hasta el final de la carrera.

Casi sin darnos cuenta, llegamos al primer arroyo. Km 10. Una hora y cuarenta minutos. Veníamos a un ritmo arrasador... Superado ese arroyo, continuamos el ascenso, por unos tres km de bosque. Ya en el último tramo del bosque se veía una larga y picante subida para salir del mismo. Lejos de amedrentarnos, le metimos ritmo y, dejando atrás a varios corredores, la superamos sin mayores contratiempos. 

Generalmente, después de una subida uno mira rápidamente el nuevo horizonte para luego volver la mirada sobre el camino que lo llevó hasta ahí, de manera tal de poder regocijarse viendo la hazaña que acaba de realizar. En ese instante, una corredora que llegaba al lugar nos pregunta si sabíamos si esa era "la" subida que se veía en el perfil de alturas de la etapa dos. Antes de liberar el impulso de responder que sí. giramos nuestras cabezas 180° para corroborar que así era... Ahí fue cuando vimos "LA" subida. Un paredón infernal y eterno que hacía parecer que el reciente ascenso fuera como subirse a un banquito.

No nos dimos tiempo de pensarlo siquiera una vez. Continuamos la marcha. Uno. Dos. Uno. Dos. Un pie después del otro. La subida era definitivamente nuestro fuerte. Seguimos pasando corredores. Al cabo de unos cuarenta y cinco minutos más, llegamos a la cima. Dos mil metros de altura, pico de la carrera. 15 km en algo más de tres horas. Impecable hasta allí.

Del sol, ni rastros. A esa altura y con el día nublado, el fresco ya era frío. Nos pusimos el rompevientos y empezamos la bajada. Dos kilómetros más y llegamos a un lago en el medio de la montaña. Un lugar realmente increíble. Nos reabastecimos de agua y seguimos. Aún no estábamos ni siquiera en la mitad del recorrido.

Saliendo del lago nos dispusimos a enfrentar una nueva subida. Ninguna sería como la que ya habíamos dejado atrás, aunque el cansancio del cuerpo se empecinaba en hacernos creer lo contrario. El paisaje cambió drásticamente. Terreno más rocoso y un poco más verde. Retomamos la corrida y seguimos avanzando a buen ritmo. El frío ya comenzaba a calar un poco más hondo. La lluvia y el viento se unieron a nuestra marcha, para acompañarnos durante varias horas.

Cruzamos una larga y árida meseta para llegar a una de las partes más lindas del recorrido. Pasando el km 20 y tras una nueva subida en terreno más arenoso, llegamos a una especie de desierto rocoso en el que se veían sólo montañas y una diminuta fila de corredores allá a lo lejos en el horizonte. Después de unos mil metros de caminata en la planicie, volvimos a trotar. Llegamos a lo que vendría a ser el filo de un volcán extinto y comenzamos a caminar por el mismo. Cuando veo paisajes como ese pienso varias cosas. Por un lado, imagino que Dios dedicó mucho más tiempo y esfuerzo en diseñarlo, y se lo reservó a personas que sólo lo podrán ver luego de cierto esfuerzo para acceder hasta allí. También pienso que pareciera ser ley que cuanto uno más se aleja de los lugares donde el hombre ha dejado su indeleble huella (ciudades principalmente), tanto más impresionante y espectacular es el paisaje. Es algo así como la pequeñez del hombre ante la inmensidad de la naturaleza y todas esas cosas...

Venimos bien. Ya estaremos en las cinco horas de recorrido. Bien hidratados y bien alimentados. Sobrepasamos otro filo y comienza un escarpado descenso hacia un bosque. Este descenso, de alrededor de media hora, es en un paisaje que se parece a la Escocia de Corazón Valiente. Verde y rocoso, nublado y húmedo.

Tres o cuatro arroyos más tarde, entramos al último bosque. El bosque mais grande do mundo... 

Esquivar una raíz, saltar un charco, pisar la rama dentro del lodazal para no empantanarse, correr otra rama con el brazo, controlar la respiración, agachar la cabeza, tener cuidado al pasar un corredor, ver el camino, mirar el paisaje... Extenuante...

Iremos ya por las seis horas de carrera. Estamos corriendo de costado por la montaña, con árboles a ambos lados. Otro imponente lago se ve a la derecha, con una carpa de algún turista a lo lejos. Correr de costado me hace pensar en lo que debe sentir una persona con una pierna más corta que la otra al correr en el plano. Es demoledor para las articulaciones. Tal es así, que mi rodilla empieza a clamar socorro. Intento acallarla, como todo el resto de la carrera, pero me resulta imposible. Hasta que, tan concentrado en ella, me distraigo y me tuerzo fuertemente el tobillo derecho. Es un clarísimo esguince. Siento que el mundo se me viene abajo. No tenía dudas de que ese día lo iba a terminar, pero si la lesión me impedía salir el tercer día sería algo devastador. 

Tuvimos que disminuir la marcha y caminar hasta el final. Sabía que si el esguince era severo, no podría continuar por más que quisiese. Me propuse entonces atenerme a lo único que me quedaba: la ferviente voluntad de cruzar esa meta.

Kilómetro 35. Cruzamos un arroyo y pensábamos que ya estábamos. Nos habían dicho que eran 38 km para esa etapa. Última subida y la bajada más empinada de todas. Mis rodillas crujían. Joaquín, producto de todo un año de gimnasio, lo llevaba bastante mejor. Su lucha pasaba más por combatir los efectos adversos del tabaco. Vale decir también que todavía no habíamos aprendido a correr las bajadas. Recién al día siguiente aprenderíamos...

Km 38 y llegamos a un camino de autos. Mojados, doloridos y hartos. Van como siete horas y media de carrera. La ilusión por ese plato caliente de pastas nos hace dar otro paso. Curva, contra curva, contra contra curva... Los 4 km más largos del mundo. 

Ocho horas y casi veinte minutos después de largar, llegábamos a la meta...

El campamento dos estaba en un lugar aún más lindo que el del primer día. Nos aseamos un poco en un gélido arroyo, dejando la mitad inferior del cuerpo bajo el agua para que las bajas temperaturas mimen un poco a las maltratadas articulaciones y músculos. Habremos llegado a eso de las cinco o seis de la tarde, por lo que el almuerzo y la cena fueron bastante seguidos. 

Rengueando de un lado al otro, temía ir a la enfermería, ya que quería evitar oír un veredicto que no quería oír. Un analgésico y a esperar. Opté por dormir una pequeña pero reparadora siesta, mientras Joaco pasaba por la camilla de masajes.

Mucho más habituados a la vida de camping, nos acomodamos rápido y disfrutamos de las charlas con otros corredores-gladiadores. El clima del campamento es muy distinto al del primer día. A esta altura ya se cayeron todas las caretas y todas las corazas. El cansancio une los espíritus. Hay un muy lindo ambiente de amistad. Es que claro... estamos todos juntos en ésta...

Día 3: abrazo a la gloria

Creo que dormimos un poco mejor. El cuerpo necesitaba el descanso y descansó... Repetimos rutina: armado de mochila, más abrigo que el día anterior, desayuno y bondi.

Arrancar el tercer día fue un gran alivio. Ya está. Hoy se termina. "Cómo" se termina será otra cosa, pero al terminar el día la faena estaría concluida.

Los primeros dos kilómetros eran sobre camino de ripio. Muy tranquilos trotamos hasta el primer bosque y la primer subida. 

Terreno blando y, con el vendaje, ni rastros del dolor del tobillo. El que sí me acompañaría durante toda la etapa seríael dolor de rodilla. Un dolor que oscilaba entre un mínimo que hacía que no pudiese pensar en otra cosa y un máximo que no me impedía continuar la marcha. Supe que, no importara cómo, llegaría. Nadie me iba a impedir dar todo lo que tuviera. Darlo todo era la única forma de poder mirar a los ojos a mi familia y a mí mismo en un espejo. Joaco estaba entero, aunque obviamente con algún dolor muscular.

Arrancamos a muy buen ritmo toda la subida, y casi sin darnos cuenta, atravesábamos el km 10. Faltaba quizás una hora más de subida. Subida de bosque que se terminó haciendo dura debido a la inmensa fila india de corredores que se armó. Un verdadero embotellamiento. Ir más lento cansa más los músculos.

Al terminar la subida, una hostil pendiente nos aguardaba en la meseta. Deben haber sido dos o tres kilómetros con una moderada pero constante pendiente, con viento cruzado y lluvia constante. Un panorama muy sombrío... El paisaje era obviamente imponente, pero poco le importa a uno en ese momento en que sólo quiere una taza de café caliente al costado de una chimenea encendida. 

Ya en la bajada de la meseta, nos dispusimos a correr sobre el terreno rocoso. En este preciso momento fue cuando aprendimos a bajar... Era cuestión de soltar el cuerpo. Al no intentar frenar, las articulaciones no se resienten. Habremos corrido unos setecientos metros a máxima velocidad en bajada. Tan sólo esa sensación hubiera pagado la experiencia completa. El viento en la cara, las piernas descontroladas y libres. Libres como nunca. Como cuando uno era chico y no conocía otra forma de correr que no fuera a máxima velocidad... Un tropezón podría llegar a implicar una fractura expuesta, pero la adrenalina era más fuerte... Los huesos tarde o temprano irían a sanar...

Sería el km 18. Entramos al último bosque que cruzaríamos y nos comimos un paquete de maní. El maní más rico de nuestras vidas... Alternando el liderazgo con Joaquín, cruzamos el bosque como un relámpago. No queríamos parar... Correr, correr, correr...

Llegamos a un puesto de hidratación que estaba en el Km 21. Seis más... Tomamos agua y de nuevo a correr...

Llegamos a la ruta. Los últimos 3 ó 4 km son en la ruta que atraviesa las migraciones y aduanas de los países. Caminamos. La cabeza empezaba a darnos vueltas. Uno empieza a querer contar la experiencia antes de terminarla...

Nos pasan unos argentinos que nos alientan. Empezamos a correr con ellos. Vamos arrastrando gente al grito de "Vamos que falta poco, carajo!". Se nos pone la piel de gallina. Se ve la bandera de Chile. Es la frontera... No aflojamos. Nos demoramos un poco porque a Joaco se le mojó el papel migratorio y el gendarme es un rompe pelotas que no entiende nada de la vida...

Un kilómetro separan las aduanas de Chile y Argentina. Lo trotamos. En treinta segundos cruzamos la aduana. Faltan dos kilómetros!!

Aparece el inflable de la llegada. Vamos hacia él. Hay un alambrado. Hay que retomar, ir unos metros para atrás y bordear algo que parece un campo. A quién le importa. Ya pusimos la mirada en el inflable. Trecientos metros. Doscientos. Cien... Nos abrazamos. Llegamos...

Explotamos. Nos volvemos a abrazar y nos separamos. Cada uno necesita tomar consciencia y grabar ese momento. Los dos tenemos ganas de llorar y, como hombres, no queremos que nos vean llorar.  Me pongo en cuclillas y me quiebro. Dura poco, pero es muy intenso. Ya está. Nos lo propusimos. Quisimos. Pudimos.
 
Espero no haberlos aburrido con el extenso relato, pero es difícil ser breve con tantas cosas que pasaron.

Fue sin dudas una de las experiencias más lindas de mi vida. Alguien alguna vez me dijo una verdad que me retumbó bastante en la cabeza después de cruzar la meta: "Los grandes objetivos no se logran superando a los demás, sino superándose a uno mismo."

Los despido hasta nuestro próximo encuentro.


El Cruce (Primera parte) VIDEO

Acá les dejo el video de la primera parte


viernes, 15 de febrero de 2013

El Cruce (Primera parte)


El recorrido
Noventa y ocho kilómetros. Dos mil personas. Tres volcanes. Tres días. Una experienca inolvidable.

Me siento a intentar narrar lo que vivimos en estos días y me resulta muy difícil empezar. Es que, por momentos, el miedo a quedarme corto en la descripción supera la voluntad de compartir la experiencia, de lograr que todos puedan vivir de cierto modo esta epopeya que fue cruzar los Andes a pie. 

La decisión 

La historia empieza mucho antes que en la línea de largada. Todavía guardo fresco en mi mente el impulso que me llevó a anotarme. Porque si bien uno hace una suerte de análisis previo, hay un click del mouse que cambia todo. En este caso, fue el click para pagar la mitad del costo de la carrera... Joaco (amigo y compañero en la carrera) venía más decidido y se había anotado unos días antes. 

Es difícil describir el motivo por el cuál uno se embarca en este tipo de cosas. Algunos lo hacen porque hicieron una promesa. Otros lo hacen por entretenimiento. Están también los que lo hacen por costumbre y los que lo hacen sólo por disfrutar del paisaje. También están los que lo hacen por competir o por mejorar algún rendimiento anterior. Incluso están los que lo hacen porque un amigo les dijo que estaba bueno. 

Yo creo que, en mayor o menor medida, todos lo hacemos para demostrarnos que podemos superar nuestros límites. Límites impuestos por el entorno, por algún mito popular o por la peor limitante de todas: nuestra propia mente. Esa que puede hacernos realizar las mayores proezas, pero también impedirnos hacer las cosas más simples y cotidianas. Porque la mente controla la voluntad. Y la voluntad es uno de los mayores motores que puede tener una persona. "Si realmente quieres hacer algo, encontrarás una manera. Si no, encontrarás una excusa…" (Jim Rohn). 

Entrenando cuerpo y mente 

Suficiente preámbulo sobre la decisión. Quisiera compartir un poco lo que fue el entrenamiento, que duró alrededor de tres meses. 

Es difícil entrenarse para algo que uno desconoce. Entrenarse para una maratón o para un triatlón es duro, pero es más simple. Sin entrar en el esfuerzo que representa, basta con correr, nadas o pedalear equis cantidad de distancia cada semana. En el caso de "El Cruce", nosotros desconocíamos con qué nos podíamos encontrar. Subidas y bajadas, arroyos, sol, lluvia, viento, altura, falta de agua, falta de oxígeno (?), superficies distintas e irregulares, etcétera... Con este panorama, optamos por hacer fuerza de piernas y fondo. No fue una mala elección. 

El entrenamiento para una competencia es duro desde lo físico, pero también desde lo mental. Uno tiene que tener fuerza de voluntad todos y cada uno de los días en que entrena. A cuatro o cinco entrenamientos por semana en promedio, esto representa una gran cantidad de energía. Es por esto que uno llega a veces cansado mentalmente. Por suerte, la fecha de la carrera no se mueve, con lo cual en algún momento llega "el" día. 

En mi caso particular, siento que toda mi familia entrenó conmigo. Con cada aliento, con cada empujón cuando la pereza estaba por superarme... Con cada "Vas a correr hoy, papá?"... Fueron sin duda clave en toda la preparación. 

T-2 días: hacia la carrera
 
Me encontré con Joaco en Aeroparque. Era miércoles y todavía faltaban dos días para la carrera. La ansiedad y la incertidumbre eran grandes. Nos habíamos visto un par de semanas atrás en lo que fue la única vez que nos juntamos para entrenar. 

La sensación en el aeropuerto podría asemejarse al momento previo a algún partido importante de algún deporte que practiquen o de algún examen que hayan rendido. Uno espera ese pitazo inicial que descomprime absolutamente todo. Una vez que la cosa empezó, ya está. La atención pasará por otro lado. Pero hasta tanto uno no escuché ese estruendo liberador, uno se siente un poco tenso, nervioso. Para graficar esto, basta con compartirles la anécdota de Joaco, un día antes en el gimnasio. Ante una sensación de contractura en un gemelo, va a preguntarle al trainer para ver si lo podía ayudar a enlongar y analizar si le convenía parar. "Seguí corriendo. No tenés nada. Es miedo previo a la competencia." Todo dicho... 

Volamos a Bariloche y nos subimos a una combi que nos trasladó a San Martín de los Andes, en un tiempo récord (negativo) de unas cuatro horas. Nos instalamos y salimos a dar una vuelta, "despidiéndonos" de la previa a la carrera con una tremenda picada, regada noblemente con una buena cerveza. Empezamos a ver otros corredores y la excitación comenzaba a crecer.

T-1 día: Ya casi

A la mañana siguiente continuamos nuestro periplo hacia Pucón. Una hora para recorrer los 40 km que separan SMA de Junín de los Andes, y, tras una rápida pre-acreditación para la carrera, casi cinco horas más para llegar a Pucón. La mente, y en menor medida el cuerpo, estaban extenuados.

Fuimos a la charla técnica del día previo y salimos a comer una pizza, rica en hidratos de carbono. En los momentos previos, a mí me da la sensación de que la gente en general está más preparada que yo: o bien se entrenó más, o ya corrió maratones, o ya hizo el cruce antes, etc. Pasa que las conversaciones que se escuchan en Pucón son TODAS referidas a la carrera. Al menos todas las charlas para las que nosotros teníamos oídos.

Luego de comer y de comprar algunos víveres para la carrera, nos fuimos a dormir.

Día 1: En sus marcas... listos...

Arrancó el día tan ansiado... Febo ya se mostraba amo y señor del firmamento, señal de que la jornada sería calurosa. Nos subieron a otro bondi y nos llevaron a la base del centro de ski del volcán Villarrica. Nos hicieron caminar unos dos inhumanos kilómetros hasta la largada, donde cargamos algo de agua y, ya realmente hastiados de tanta espera, cruzamos la línea de largada.
Joaco y yo - la largada

De manera casi automática, la ansiedad desapareció, dando lugar a la adrenalina, a esa efervescencia propia que sentimos los que amamos los desafíos. Trotamos unos minutos y, víctimas de la inexperiencia, empezamos a caminar, temerosos de quedarnos sin energía para finalizar el recorrido.

Las primeras dos horas fueron de algarabía y excitación, y se nos pasaron bastante rápido. El relieve era mayormente rocoso, ya que atravesábamos una ladera del volcán Villarrica, imponente a nuestra izquierda durante todo el trayecto. Quizás una subida se nos hizo un poco larga, pero la sobrellevamos sin mayores inconvenientes.

Llegamos al km 10, donde estaba el primer puesto de hidratación, el único que habría hasta el final de la primera etapa. Aquí cometimos el primer gran error de la carrera. Al no cargar nuestras mochilas, no tendríamos suficiente agua para recorrer tranquilos e hidratados los 30 km del primer día.

Al salir del puesto, nos adentramos en un frondoso bosque. El desafío ahora era distinto. Esquivar raíces y ramas, subir y bajar, agacharse y saltar. Estar atentos y concentrados para no sufrir lesiones... Ya saliendo del bosque, empezó la etapa más dura del día 1. Subida de poca pendiente pero de enorme distancia bajo el rayo del sol. Sería cerca del mediodía, tres horas desde la partida. La sed arreciaba y el agua se empezaba a agotar.

Al finalizar la subida, y cuando pensábamos que lo peor ya había pasado, el paisaje cambió súbitamente. Coincidimos en que lo más parecido a lo que veían nuestros ojos era suelo lunar. Teníamos por delante unas enormes lomas de arena negra que obligaban a un esfuerzo descomunal para ascenderlas y descenderlas. El camino serpenteó a través de ellas por alrededor de una hora. Hasta que finalmente llegamos a un nuevo bosque, con un arroyo que corría a través de él.

La bajada final comenzaba. Joaco perdió sus anteojos al agacharse a tomar agua por segunda vez con las gafas colgadas de la remera (la primera vez los había dejado sabiamente al costado). Ya con la última reserva de agua que nos quedaba y habiendo agotado los víveres (barras de cereal y geles energéticos básicamente, más alguna fruta) nos dispusimos a tomar agua del arroyo, si bien venía con bastante grava volcánica en su corriente y era imposible no tragar tierra junto con el agua. Era el km 20.

Este nuevo bosque era más húmedo y con bastantes más raíces. Acá fue donde empezamos a correr. Corríamos un rato y caminábamos otro. Cruzamos varios arroyos con agua a la altura de los gemelos... Curva y contra curva. La concentración empezaba a menguar y los tropezones abundaban. Creo haber contado 4 torceduras leves de tobillo derecho en mi caso, y 3 de tobillo izquierdo en el caso de Joaco. Serían las dos de la tarde. La sensación térmica estaría cercana a los 35°C. La sed ya no podía crecer más. La fantasía con el agua de la llegada era lo que nos mantenía caminando.

Cuando ya empezábamos a imaginarnos que estaríamos caminando por el resto de nuestras vidas, apareció la salida del bosque. Un jeep estacionado y la falsa ilusión de que hubiese agua. No... A caminar unos 3 ó 4 km más... Ya sin energía para correr, en bajada por un camino de tierra para autos y absolutamente extenuados. Pensando que en cada curva del camino estaría la llegada...

Llegada que, valga la redundancia, eventualmente llegó. En el medio de la nada, y después de más de seis horas desde la largada, apareció el espejismo con esos arcos inflables que para nosotros lo eran todo. Un par de gatorades y a subirse a otro bondi para trasladarnos al campamento...

Superados algunos calambres, llegamos al primer campamento: un lugar increíble a la orilla de un lago.

El paradisíaco lugar ayudó sin dudas a la recuperación. Ni que decir del plato de pastas más asado que almorzamos. Al cabo de un par de horas, volvíamos a sentirnos bien. Enteros. El ambiente en el campamento era muy tranquilo. Muchos corredores estresados con sus tiempos y su lugar en la clasificación. Nosotros todavía estábamos disfrutando el haber llegado dentro del límite de tiempo establecido para poder participar el día siguiente.

Sin mucha vida de camping encima, hicimos nuestro mejor esfuerzo. Joaco durmió en su vivisac (símil rompevientos pero en forma de bolsa de dormir), que fue como dormir en el piso. Yo tenía una colchoneta de pileta, que si bien era algo mejor, era nada comparada con los colchones inflables del 95% del resto de los corredores.

Disfrutamos mucho ese primer día en el campamento, aunque aún algo preocupados por el día que nos esperaba. El perfil de alturas del día 2 era atemorizante. En los primeros 15 km deberíamos ascender1500 metros (ver infografía)... Pero esa ya es parte del próximo capítulo... Nos vemos ahí.





martes, 30 de octubre de 2012

Joven Yo vs. Viejo Yo

En este último tiempo me ha ocurrido que, al encontrarme con gente que quizás no veo demasiado seguido, me han hecho algún comentario sobre mis tweets o mis comentarios sobre el país. Pese a que algunos puedan creer que me hago mala sangre, lo que en realidad intento transmitir es un poco la frustración y la desilusión que, a lo largo de los años, voy teniendo con nuestro ¿querido? país.

Últimamente cuando encuentro un espacio para reflexionar, pienso en Argentina. Se me viene a la mente una conversación entre dos personas. Al poco tiempo que charlan me doy cuenta que no son otra cosa que yo mismo en diferentes etapas de la vida. Habrá unos veinte años de diferencia entre uno y otro. La versión más joven es algo más joven que yo, aunque no demasiado (uno siempre se siente joven, por lo que le cuesta mirarse en retrospectiva). Esta versión joven es soñadora, tiene mucha energía y convicción para defender sus puntos de vista. Defiende al país y cree en el futuro. La versión más vieja (N. de R.: no confundir y tomar la connotación negativa que pueda tener esta palabra) rondará los cincuenta y es más pragmática. También, decididamente más descreída y desconfiada. Tiene menos energía al hablar y es menos tajante. Está abierto a escuchar otro punto de vista y, al hablar, sus palabras caen con peso, como si tuviera pruebas irrefutables de cada idea que expone.

Entre tantos temas que discuten el "yo joven" y el "yo viejo", nos son pocas las veces que se centran en la realidad del país. Intercambian ideas y hasta llegan a discutir, si bien en buenos términos y sin llegar a pelearse. Cuando la discusión se acalora un poco, de inmediato el "yo viejo" calma las aguas y vuelve a encausar la discusión, con una parsimonia y tranquilidad que son motivo de envidia del joven.

El "yo joven" cree en el país y en su futuro. Basa sus creencias en el compromiso de "la juventud" con el cambio. En los recursos del país (agrícolas, ganaderos, mineros, energéticos, turismo, etc.). En la potencialidad de seguir "creciendo". En la cercanía a Brasil y en algunos signos positivos de algunos indicadores macro-económicos. En una conciencia ciudadana que va in crescendo. En una mejoría individual de su status económico. Incluso lo seduce la posibilidad de ocupar algún cargo público. Al ir enumerando sus fundamentos, reconoce en ellos una debilidad: hay poco de realidad y mucho de deseo. Es mucho más lo que espera que pase que lo que realmente pasa. Y mientras, el tiempo también pasa.

El "yo viejo", sin ser demasiado lacónico, le dice que no tenemos arreglo. en Argentina la corrupción no tiene solución: alcanza a funcionarios públicos y público en general por igual. Del otro lado, la justicia es tan corrupta como muchos de sus juzgados. En Argentina se confunde ética con cumplimiento de la ley. Los empresarios piensan sólo en ellos mismos y los sindicalistas, millonarios, poco hacen por sus dirigidos. En Argentina están creciendo generaciones de chicos que nunca vieron a su padre trabajar, un problema cuya solución demanda muchísimos años desde el momento en que se empiece a hacer algo. En Argentina las reglas nunca son claras. Los resultados, sin embargo, son siempre similares: los que pagan siempre son los mismos y también son los mismos los que siempre caen bien parados. Hace mucho que en Argentina la inversión en infraestructura (caminos, transporte, puertos, industria, energía, federalización del país) es prácticamente nula. Somos un país donde el peatón debe esquivar autos, donde hay gente que se muere yendo a trabajar, donde hay 25 muertos por día en accidentes de tránsito. En Argentina la evasión de impuestos es una religión, como también lo es la malversación del erario público. En Argentina, bien entrados en el siglo XXI seguimos teniendo niveles de pobreza de otro siglo. En Argentina, y yendo a aspectos más abstractos para cerrar la argumentación, el sentido del prójimo directamente no existe. Un país en donde la desgracia ajena es más preciada que el bienestar propio no tiene salvación.

La primera pregunta que me surje es qué fue lo que cambió. Qué fue lo que pasó en el medio. Me respondo que fue el mero paso del tiempo. La vida misma la que se encargó de ajustar la visión del joven. El "yo viejo" tiene un pasado más largo y espera menos del futuro. Algunos lo llaman experiencia. Otros, madurez. Se podría hablar de optimismo y pesimismo, pero a mí me gusta entender el optimismo como una actitud hacia la realidad y no como un endulzamiento de la misma.

Por último, pienso en las lecciones de vida de mis seres más cercanos. Pienso en mis viejos. Ellos también soñaban ver una Argentina próspera y pujante. Solo se dieron el gusto de dejar de ver dictaduras. Aún se siguen haciendo mala sangre. Difícilmente vean a la Argentina como la soñaron. Muy difícilmente la vea yo... Sólo me queda soñar en que mis hijos vean algún cambio... Aunque no sé si prefiero mantenerme despierto, y trabajar desde el lugar en que estoy para intentar mejorar la realidad que me toca vivir. Al fin y al cabo, sólo el tiempo despejará la duda respecto de quién tenía razón: el joven Yo o el viejo Yo

miércoles, 8 de agosto de 2012

Estamos a tiempo...

Hace un par de días leí una nota sobre Bronnie Ware, una escritora australiana que trabajó en cuidados paliativos durante varios años. Investigando un poco, veo que esta nota ya ha recorrido muchos países. Y que incluso existe un libro de la misma autora sobre el mismo tema.

A raíz de su trabajo, Bonnie tuvo la posibilidad de interactuar con muchas personas que tenían un destino conocido y común: su propia muerte. Si bien todos sabemos que "algún día" vamos a morir, todos pensamos que ese día será dentro de muchos años (después de los noventa en la mayoría de los casos). No hay que ser científico para darse cuenta de que esto no es así. Cada despedida "anticipada" de un ser querido nos trae a la luz la realidad: nadie tiene asegurada la vejez. El caso de las personas que son atendidas en cuidados paliativos es distinto. Saben que se van a morir en el corto plazo. Meses. Años en el mejor de los casos.

El hecho de tomar al menos un poco de conciencia sobre la vida es algo fantástico. Las cosas toman otro sabor. El asado es mucho más rico... Hasta el agua se siente de otra forma. Las personas y las relaciones toman otra dimensión. Algo que nos parecía una ofensa criminal, al mirarla en esta perspectiva, nos parece una nimiedad...

Esto es, en parte, lo que les pasa a estas personas que saben a ciencia cierta que van a dejar este mundo en no tanto tiempo. Toman conciencia de la vida. Empiezan a extrañar las cosas antes de irse.

Pero el objetivo de esta nota no es disertar sobre el asunto, sino compartirles los cinco arrepentimientos más comunes que la gente en esta condición tiene (de acuerdo a la experiencia de Bonnie) poco antes de morir:

1) "Ojalá hubiese tenido el coraje para vivir una vida auténtica por mí mismo, no la vida que otros esperaban de mí"
2) "Ojalá no hubiese trabajado tanto"
3) "Me hubiese gustado tener el coraje para expresar mis sentimientos"
4) "Lamento no haberme mantenido en contacto con mis amigos"
5) "Desearía haberme permitido ser más feliz"

Creo que no vale la pena escribir más sobre el asunto, sino dejar que cada uno saque sus propias conclusiones.

De manera adicional, les comparto dos videos relacionados con este tema de dos personas que pertenecieron a este grupo de personas que conocían que morirían en el corto plazo, que hoy ya no están y que dan distintos enfoques sobre el asunto. El primero es de Randy Pausch. El segundo, de Steve Jobs.

La nota completa la pueden encontrar acá: infobae o acá (inglés): adtosuc. El libro: Libro



miércoles, 30 de noviembre de 2011

Adiós a un genio. ¿Adiós a un personaje histórico?

Nadie le escapa a la muerte. Esta vez se fue Steve Jobs. Un genio. Dejé pasar un par de semanas para poder analizar su impronta en este mundo un poco más en frío. No es que me encontrara dolido ni mucho menos, pero la canonización a la que los medios nos tienen acostumbrados cada vez que se va alguien famoso dificulta el tener una visión clara que permita separar paja de trigo.

Es absolutamente irrefutable que el hombre fue un un genio creativo y un emprendedor extraordinario. Perteneció a ese muy reducido porcentaje de personas que ven las cosas de otra forma. Que tienen una marcha más. Se me hace difícil aceptarlo como un semidios. Entre sus más fervientes seguidores (aunque habría que hacer la salvedad de que muchos de ellos son seguidores de sus marcas más que de su persona) he encontrado varios elogios que, a mi entender, han sido un poco desmesurados.

Analicemos ambas caras de la moneda. Jobs ha sido a lo largo de su carrera y de su vida un tipo distinto al resto. Un gran emprendedor y un líder inspirador (su discurso en Stanford es uno de los vídeos más vistos en Youtube al día de hoy). Sus productos son un fiel reflejo de esto. Por un lado, mezclando tecnología con creatividad artística, aparecen Buscando a Nemo, Toy Story, Cars, Monsters Inc... por nombrar solo algunas de las obras maestras de Pixar. Películas que se pueden ver hasta cien veces sin aburrirse. Por otro lado, iMac, iPod, iPad, iPodTouch y iPhone se destacan en el ambiente tecnológico. Lo increíble de Apple es el concepto: ninguno de nosotros sabía que necesitaba un iPod hasta que Apple lo empezó a comercializar. Son de los bienes de última necesidad más deseables que puedan existir. Y si bien son costosos, no son exclusivos para elites (como Louis Vitton, Ferrari, Omega, etc.). Reconozco que no me gusta la rigidez de Apple. Pero también reconozco que no hay productos más "cool" en el mercado. Creo que lo que no me gusta es el perfil del consumidor-fan de Apple. Ese que pega la manzanita en cuanto lugar puede y se la pasa hablando de lo buenos que están los productos y de cómo le han "resuelto la vida" (otro asset de Apple: el boca en boca es de los más efectivos que he conocido). Apple ha logrado generar un sentido de pertenencia a la marca muy difícil de igualar. El que consume Apple cree que está un paso adelante del resto de los mortales. Está convencido que tiene los mejores productos del mercado. Esto es obra de Steve Jobs.

Miremos ahora el otro costado del asunto. Apple sacó un comunicado en donde agradecía a Jobs por "haber hecho un mejor mundo para todos". Acá es donde creo que es desmedido el elogio. Jobs no descubrió la vacuna contra el sida, no inventó el by-pass, no descubrió la penicilina, ni redujo la pobreza mundial (o al menos, local). La gente no va a extrañar a su persona (como Juan Pablo II, Mandela, Teresa de Calcuta o Guinzburg...). Va a extrañar a sus productos. Habrá que ver cómo resuelve Apple (me enfoco en Apple por ser la empresa más dependiente de su figura) su continuidad. Un desafío enorme. Se verá aquí si su liderazgo fue tal que la empresa seguirá dando éxitos después de su muerte, o si armó una empresa demasiado Jobs-dependiente. 

Concluyendo con la idea, sí creo que se ha ido un genio. Ha reinventado el marketing de una manera completamente distinta: hacer un producto que nadie sabe que va a necesitar. Ha revolucionado la tecnología; por citar un ejemplo, la sensibilidad del touchscreen de los productos Apple es extraordinaria, (si bien no fue un invento de ellos, ellos la masificaron a través de su marca). Creo que estos logros son aún insuficientes para entrar en la categoría de "personaje histórico". Pero sólo el tiempo se podrá encargar de responder esta pregunta.





miércoles, 3 de agosto de 2011

Esa insanidad de salir a correr...

7.00 am. Suena el despertador. No entiendo nada. Entreabro un ojo. Tiro el ciego manotazo a la mesa de luz, a ver si logro dar con el despertador, que, vaya a saber por qué, siempre está en un lugar distinto de la mesita. Siento que los párpados me pesan como un mueble de roble francés. Lucho un poco más y logro sentarme. Gracias a la incipiente luz que entra por la ventana, producto de la reciente salida del sol, puedo descifrar la figura de la almohada. El círculo de saliva, o "babón" para los entendidos, es del tamaño de una naranja. Se lo percibe aún tibio. Miro para el costado, y la veo a la flaca ahí tirada. Durmiendo la mona como Dios manda. Claro: es sábado. Si ya madrugué todos los días de la semana, este es el momento ideal para no hacerlo. 

Pero algo me empuja a incorporarme, ir a ponerme la ropa deportiva, buscar los artilugios para escuchar música y encarar hacia la puerta de la casa... rumbo al pavimento...
Poco más de una hora y media de corrida después, ya estoy de regreso en casa. La satisfacción es enorme. Ya le gané la batalla al día. Todo lo que viene después, lo disfrutaré de otra forma... lo miraré con otros ojos... Es difícil de explicar...

Pero sería tonto de mi parte intentar explicarlo, cuando hay alguien que ya lo hizo.. Y que lo hizo de una manera magnífica, extraordinaria y única. Se trata de Marciano Durán (marcianoduran.com.uy), un charrúa que escribe a menudo y un día se le ocurrió hacerle este regalo a la comunidad mundial de corredores. 

Si alguna vez has corrido, en algún momento de este relato alguna fibra interior se moverá. Quizás te conmuevas, te emociones, e incluso llores, como yo. 
Si nunca corriste, tal vez esto te sirva para entender un poco más a esos locos que corren.
Te invito a disfrutar de una mezcla de poesía pura con genialidad y espontaneidad.



miércoles, 27 de julio de 2011

El militante K vs. el militante PRO

No soy amigo de los estereotipos. Tampoco me gusta la generalización.Pero vale la pena dedicarle algunos minutos a estos dos vídeos que contrastan a un militante del Frente para la Victoria y a uno del PRO, y que fueron publicados por La Nación online hace unos días. Un contraste muy burdo, que hasta parece adrede y exagerado.

Nuevamente, recalco que sería injusto decir que todos los militantes del FV son como Lucas Villarroel y todos los militantes del PRO son como Alex Campbell. Pero el ejercicio de repasar ambos vídeos nos puede ayudar a intentar entender cómo unos ven a los otros, y cómo unos se ven a sí mismos.

Primero, analizaremos el vídeo de Lucas Villarroel, militante del Frente para la Victoria.
La casa, sencilla, tiene techo de chapa, alambrado bajo y un lujo espartano. A él se lo ve con su mujer (o su señora, cómo el la llama) y su hijo. Lucas habla de manera directa.
En su discurso, habla del barrio, de la gente, de ayudar. Estudió en Córdoba y luego fue a la Capital a estudiar Ciencias Políticas en la UBA. Trabajó en la Iglesia, ayudando a chicos de la calle. Militó en la Felipe Vallese, de sociales. Se dice militante por elección y convicción. Luego hablan sus compañeros, quienes dicen tener necesidad de ayudar a los que más lo necesitan, a los de los barrios más humildes. Dando una mano, buscando un cambio que sea mejor para todos, en contraposición al beneficio de un sector de la sociedad. Hablan, con un atisbo de intolerancia, de "ellos" ("ellos" piensan que un empresario va a poder maximizar beneficios en un país). Se jactan de que la política se lleva en la sangre. Quieren cambiar los problemas que tiene la sociedad. Promueven el debate. Como broche del clip, la frase: "La liberación nacional, la emancipación de los pueblos americanos se tiene que ver en casa".
¿Qué tienen que ver este chico con el estilo "K", donde la confrontación irracional y personal, la intolerancia, el nosotros contra ellos, el abuso innecesario e incomprensible de la cadena nacional y la carencia del diálogo (y del debate) son marca registrada? No mucho.


Ahora pasemos a analizar a Alex Campbell, militante PRO.
Alex vive en un chalet. Entre los tantos portaretratos, se puede ver que jugó al polo. Si no me falla la vista, tiene un Audi estacionado en la puerta. Alex arma y desarma las oraciones mientras habla ("eso es un poco que siempre me interesó...")
Alex también lleva la política en la sangre. Su familia está ligada a la política mediante su bisabuelo y un antepasado que fue congresal en Tucumán, uno de los que "armó" este país.
Fue al Colegio San Andrés (zona norte) y estudió Ciencias Políticas en la UCA. Cree que la política paga poco, y que como uno siempre quiere mantener su nivel de vida, corre el riesgo de caer en el "vicio del administrador" (piensa que lo que administra es propio). Este supuesto indicaría que los políticos que roban para mantener su nivel de vida, ya vienen con un nivel de vida ávido de dinero y comodidades.
Para evitar caer en este "vicio", se dedicó a armar sus empresas en Mendoza, donde su bisabuelo fue gobernador. Para no robar, él creyó que lo mejor era tener plata antes. En otras palabras, no va a robar, pero no porque robar esté mal, sino porque no lo va a necesitar.
Afortunadamente, puede administrar sus empresas desde Buenos Aires y a la vez dedicarse a la política, para poder "sacarse el gusto". Bernardo Neustadt lo ayudó a hacer un programa de radio.
Alex tiene una muy buena experiencia en armado en equipos de trabajo, y así fue como llegó a dar una mano en el PRO, en "la cosa pública".
En su barrio, los vecinos saben donde vive, pero para que no vayan a su casa, armó una sede del PRO, así puede colaborar en expandir el partido de Macri a los lugares más recónditos de este país. Lugares como San Fernando.


Mauricio no es santo de mi devoción en lo absoluto. Pero estimo que no ha visto este vídeo, ya que lo hubiera prohibido antes de su publicación. O no. Quién sabe.

Argentina en la Copa América o Crónica de una Muerte Anunciada

Aburre escribir sobre lo mismo, así como aburre leer sobre lo mismo. Por lo que voy a tratar de hacer un repaso lo más rápido posible de algunos de los conceptos que dejó la reciente Copa América.
Lo de Argentina fue un rotundo y rimbombante fracaso deportivo (sobre la organización no voy a emitir opinión ya que no estoy lo suficientemente informado).
Jugó cuatro partidos, empatando tres y ganando uno sólo, ante el débil combinado sub-22 de Costa Rica, invitado para reemplazar a Japón luego del lamentable terremoto que ocurriera en aquel país.
Termina el partido con Uruguay y la historia se repite por enésima vez: desazón, desconcierto, llanto, caras mirando al piso como buscando una mirada cómplice que dé un signo de aprobación o una explicación... Mirada cómplice que no aparece, porque casi ninguno se anima a tener la frente en alto. Todos miran el piso. Nuestro piso...
Horas más tarde, el partido queda atrás, la autocrítica se declara ausente y el hincha pide la cabeza de Don Julio. Decía Camile Sée: "La historia se repite, pero lo cierto es que sus lecciones no se aprovechan".
Hoy, Batista ya no es más el técnico de la selección. Demostró no estar a la altura de las circunstancias. Todavía ignorando las convocatorias compulsivas y el papelón del seleccionado Sub-25 que jugó en Nigeria, su alejamiento es una decisión acertada.
Algunas de las funciones del técnico son: elegir los jugadores, pararlos en la cancha, transmitir una idea de juego y formar un equipo, trabajando la confianza. La confianza es clave en todo deporte. Después viene además el planteo de un partido o el análisis de un rival o el trabajo con la pelota parada.
En cuanto a la elección de los jugadores, Checho acertó en parte. El consenso futbolero y la prensa arman el 80% del equipo. La mano del técnico tiene que aparecer sobre ese 20%. Checho había elegido dejar afuera a Tévez. Luego cambió de dirección y, no sólo lo convocó, sino que lo puso en su once titular, repitiendo el error de Diego en Sudáfrica, donde Carlitos (de gran corazón) tampoco funcionó, más allá de sus goles contra México. Parecería claro que faltaron defensores, o al menos defensores de jerarquía. Fue bochornoso lo de Milito y Burdisso haciendo faltas innecesarias a un Suárez de espalda a 40 metros del arco, sabiendo que cada pelota parada de Uruguay era 3/4 de gol. Quizás faltó también algún mediocampista (reconozco que tengo debilidad por Lucho González y no vi un jugador entre los convocados que jugara de número ocho mejor que él). 
En cuanto al posicionamiento del equipo, Checho falló en mayor medida. Por nombrar solo tres ejemplos, voy a referirme a Tévez, Messi y Lavezzi. Tévez no jugó de lo que juega en Manchester City. Messi, hasta el partido con Uruguay (el de CR fue un entrenamiento), no jugó en la posición que más rinde (uno contra uno o uno contra dos cerca del área). Lavezzi (que hizo que Cavani se cansara de hacer goles en Napoli) jugó por la derecha pero sin un 9 que hiciera de Cavani. 
En cuanto a la idea de juego, creo que pierdo el tiempo si me dedico a fundamentar el postulado que Argentina no sabe a lo que juega. De esto hace por lo menos cinco años (Basile-Maradona-Batista). Me cuesta recordar alguna subida de alguno de los laterales que terminen en un buen centro, sólo por nombrar un ejemplo.
Por último, la confianza... ¿Qué confianza pueden tener Higuaín o Aguero si siempre se los discute? Una cosa es pelear el puesto. Otra cosa es que se discuta constantemente si tenés que estar. Batistuta fue titular indiscutido por varios años, más allá de que pasaran partidos sin que hiciera un gol. Aquí es donde el técnico puede apostar un poco más a un jugador, incrementando su confianza. Clara muestra de la falta de confianza se vio en los penales. Salvo Messi (confianza absoluta en sí mismo), todos estuvieron cerca de errarlos. Mascherano (el supuesto gran capitán) es una sombra del jugador que fue, haciéndose expulsar de manera totalmente irresponsable.
En definitiva, improvisación en su máxima expresión. Los resultados de la improvisación están hoy a la vista de todos.
Lo de Uruguay fue lo más destacado. Sabiendo a lo que jugaba, con un verdadero equipo (donde cada uno entiende su rol a la perfección) y con individualidades que aparecieron en su mejor versión (me fascinó Lugano), se coronó nuevamente en suelo argentino. Es cierto que algo de fortuna ha tenido (en el Mundial y en la CA), pero a la fortuna hay que ayudarla.
Lo de Paraguay fue pobre. Bajó su nivel respecto del Mundial Mereció perder con Brasil (ok... el pasto estaba mal, pero un jugador profesional tiene que poder sobreponerse a esto) y mereció perder con Venezuela. Se comió una goleada categórica en la final, como Argentina con Brasil hace no mucho...
Venezuela y Perú, muy bien. Habrá que demostrar que no es casualidad.
Chile y Colombia creyeron que estaba para más, pero los partidos no se ganan en los papeles.
Mexico demostró que poco le interesa esta copa y Costa Rica, Bolivia y Ecuador mostraron que van a tener que mejorar mucho si quieren subirse a la próxima aventura mundialista.