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lunes, 18 de mayo de 2015

Ese maldito folklore

Hace tiempo que quería escribir sobre lo que en el mundillo del fútbol se conoce y se celebra como "folklore". Bajo ese mote se han escondido infinidad de afrentas y agresiones. Ese escudo ha erosionado los límites entre lo que es algo pintoresco y divertido y algo que está mal. Pobres los Larralde, Palavecino, Guarany, Atahualpa y tantos otros. Aquellos del folklore genuino. Del que hace sentir orgullo a más de uno. ¿Qué tienen que ver ellos con esta aberración en la que hemos convertido el fútbol? La soberbia de los argentinos nos hace creer que nuestro sentimiento es único y más especial que el que tienen hinchas en otros países. Sólo nosotros sabemos interpretar y vivir el fútbol. Y es por eso que acá la pasión a veces se nos va de las manos. Qué estupidez.


Lo que pasó el jueves pasado en la cancha de Boca es tan solo una muestra más. Los imbéciles otra vez dueños del show. Esos falsos hinchas no mantienen el fútbol, sino que viven de él. Somos nosotros, los hinchas genuinos, los que pagamos entradas, camisetas y diarios y alimentamos el negocio. Y por más de que nos escandalicemos y nos rasguemos las vestiduras, lo del jueves fue tan solo un caso más. Va más allá del color de la camiseta. Algunos de River que se quieren despegar del episodio, olvidando que en la cancha de River ocurrieron también cosas reprobables. Que en Córdoba entraron otros imbéciles a golpear a los jugadores. O que los barras se pelearon ¡en la confitería del club! Incidentes hubo y hay en todas las canchas. Agresiones a dirigentes. Agresiones a hinchadas rivales. Emboscadas. Internas de barrabravas. Zonas liberadas. Me acuerdo que incluso un hincha de Banfield ingresó a la cancha con un arma de fuego. La lista es interminable y lamentable... Y "siga-siga". 

Recuerdo también la primera vez que mi viejo me llevó a la cancha de River. Íbamos con mi hermano. Entramos al predio y el corazón me latía cada vez más fuerte. Veía por algunas rendijas entre la arquitectura del estadio el verde césped iluminado, y me emocionaba tanto que me tropezaba con los altos escalones de esa interminable escalera. Hasta que entramos a la tribuna y ahí estaba. Ese marco imponente e increíble. Era un partido de la Libertadores contra un equipo creo que ecuatoriano. No importaba. No me olvido más de ese momento mágico. Me acuerdo de muchos domingos escuchando partidos por radio tomando mate con mi viejo y mi hermano, yendo a la cancha, disfrutando victorias y sufriendo derrotas. En la cancha te podías abrazar con un completo desconocido, pero a quien sabías hermano del alma. Ver a mis ídolos jugando. Emocionarme. Esta lista de cosas lindas que he disfrutado del fútbol también es interminable. Es ni más ni menos que lo que hace que uno se siga ilusionando, alegrando y amargando. Perdona todo. Se banca todo. Deja que todo "siga-siga".

Como dice Eduardo Sacheri, para un argentino la desgracia ajena se disfruta más que la gloria propia (la canción tan festejada de "Brasil decime que se siente" no incluye la palabra "Argentina" en ninguna de sus líneas). ¿A nadie le parece esto un acto de mediocridad? Festejar que otro perdió y no fuiste vos el que le ganó... Me acuerdo cuando era chico (muy chico) y jugaban equipos argentinos la Libertadores. Cuando jugaban contra equipos brasileros o extranjeros, queríamos que ganaran. Teniendo amigos de otros clubes, lo normal era querer que ellos disfruten y tengan una alegría, antes que la algarabía fuera a parar a desconocidos hinchas de equipos extranjeros. "Los equipos argentinos"... Con Boca era quizás con el único que no pasaba eso (como hincha de River, queríamos que perdiera). Pero no recuerdo festejar goles de algún rival de Boca. Eso dejó de ser así hace mucho. Antes no había afiches, ni memés, ni redes sociales. El fútbol no era tan mediático. Todo pasaba por la charla de café en la oficina, con los amigos del colegio o del club. No había tanto odio (camuflado de rivalidad). Hoy se festeja tanto un gol propio como un gol de cualquier equipo al eterno rival. ¿De dónde sale tanto odio? El miedo a perder se está devorando al fútbol argentino. Y especialmente al superclásico. ¿En qué momento ganar como sea se transformó en un leitmotiv?. Pánico al error. Exceso de nervios. Exceso de declaraciones. Exceso de chicanas. Pierde el espectáculo (el genuino, no el de conventillo). La magia desaparece. 

¿Cómo llegamos a esto?
Todos somos responsables. Al síndrome argentino de "festejar la desgracia ajena" hay que sumarle el otro no menos patético que pregona que "la culpa siempre es del otro". Entonces nadie se hace cargo.

Los dirigentes (clubes + AFA) mostraron estar en connivencia con los barrabravas en innumerables ocasiones. No se pueden entrar banderas de más de 2 m2, pero entran. No se pueden entrar bengalas, pero se entran. Hay derecho de admisión, pero no se ejerce. Barras que venden entradas en la puerta del estadio. Negocios multimillonarios de trapitos. Dirigentes entrelazados con la política. Echan culpas a todos y a nadie. Ya vimos lo que pasa cuando algún dirigente se quiere oponer a este negocio establecido: sale eyectado. Señores: los barrabravas no son hinchas. El club es de los socios, no de esos tarambanas.

Por otro lado están los políticos y la gente responsable de garantizar la seguridad (de los protagonistas y de los hinchas de verdad). El garantismo se va a llevar puesto a este país. Hay derechos humanos, pero también hay deberes. Reprimir cuando alguien está haciendo algo en perjuicio de otros es algo necesario. Sólo por citar el caso del jueves, reprimir a los que tiraban botellas a los jugadores hubiese sido lo correcto. Y no, armar un túnel de escudos para que salgan los jugadores como si fuesen reos. Reprimir eso no los convierte en genocidas. No tiene nada que ver.

También es responsabilidad de los jugadores y técnicos, cuya irresponsabilidad a la hora de declarar y provocar a la gente con gestos desde dentro de la cancha (taparse la nariz al entrar a la Bombonera, hacerse los que tienen frío en el Monumental) es absolutamente reprobable. . Gozar una vez que se terminó el partido, una de las peores bajezas de un deportista. ¿Desde cuándo se volvió tan necesario "calentar" un superclásico? ¿No es suficiente la gloria deportiva, la motivación de querer vencer al otro dentro del campo de juego? Se habló mucho de guerra. Ahí están las consecuencias.

Otro enorme responsable de esto es el periodismo. Siento que todo empezó a pudrirse feo cuando arrancaba Tribuna Caliente y ese periodismo basura que ha hecho tanta escuela. Polemizar, polemizar y polemizar. Generar el punto y el contrapunto todo el tiempo para lograr un puntito más de rating, o vender un diario más, o tener una primicia aunque no esté comprobada la noticia. Preguntarle a un jugador que piensa del otro y luego ir a buscar a ese otro para contarle lo que habían dicho de él y ver qué le respondía. Pactos con jugadores para que les cuenten intimidades del vestuario. Hablar tanto de los arbitrajes. A veces pienso que la tecnología no ingresa al fútbol porque si se redujeran las polémicas, muchos medios se quedarían sin contenido. Ojalá alguien hablara de lo vergonzoso que es muchas veces el periodismo. Hacer notas irrelevantes de cosas que ni deberían llegar a los diarios. Fogonear tanto las cargadas. No respetar nada. Olvidarse que atrás de los protagonistas hay personas y familias.

Y finalmente, y no menos importante, nosotros también somos responsables. Somos responsables al echar leña al fuego. Al darle de comer al periodismo basura. Al comprar entradas en una reventa. Al gozar tanto tras la derrota ajena. Pero la saña indiscriminada hace mal. Hay que ponerse en el lugar del otro y respetar el sufrimiento (deportivo, claro está). Porque la próxima vez nos va a tocar a nosotros. El dolor de una derrota ya es lo suficientemente grande como para que a uno se lo anden recordando, más allá de esos cafés de oficinas o charlas con amigos. Somos responsables al ser hinchas de "la hinchada" y festejar a los violentos o aplaudirlos. O Cantamos "Boca te vamo' a matar", "River no te vas", "XX, hijo de p.., la p... que te p...", con odio en nuestros rostros (alguien me explicará algún día por qué se para el partido si hay un canto xenófobo, pero cuando hay insultos hacia jugadores, árbitros o el rival no; ¿será que si es entre argentinos se puede?). 

El otro día vino mi hijo (5 años) del colegio diciéndome que se había peleado con un amigo porque era de Boca. Que no se podía ser amigo de Boca si uno era de River... A odiar también se enseña y se aprende. No sirve de nada que después subamos una foto con un chico de River y uno de Boca abrazados, y después subamos fotos en las redes sociales enseñándoles a nuestros hijos a cargar a River o a Boca (después del 5 a 0 del verano, o ahora el caso inverso). A decirles que vayan al colegio y le digan que el otro club es basura. Eso no es folklore.

¿Cómo salimos de esto?
Asumiendo nuestra cuota de responsabilidad y haciendo lo que tenemos que hacer. Hay que volver a trazar los límites, que ya están demasiado desdibujados. Dicen que el fútbol es el reflejo de la sociedad. No es menos cierta la relación opuesta. Purifiquemos el fútbol y que eso luego rebalse en la sociedad. Seamos protagonistas. Esta semana me di cuenta que somos muchos más los que queremos y creemos en esa magia del fútbol. No permitamos que nos la roben. Hay que volver a trazar los límites. No seamos "hombres masa", respondiendo ataque por ataque y haciendo "lo que hacen todos". Hagamos un esfuerzo y recuperemos nuestra individualidad. Pensemos si lo que vamos a hacer suma o no. Aprendamos a separar la inocencia y una broma inteligente de cosas que sólo generan más odio. Celebremos las bromas inteligentes, cuando se hacen con respeto y cuando sabemos que a quien se las hacemos lo interpretará así. 

Tuve que soportar que hinchas me digan que yo le pegué a mis jugadores, que les tiré maíz, que rompí mi cancha. No, señor. Esos son imbéciles con los que no me identifico. Sí me identifico con River y su historia deportiva (descenso incluido, sí). No consumamos periodismo basura. Periodistas: investiguen a los barras, investiguen a los dirigentes. Denuncien. Hablen de fútbol todo lo que quieran (de eso no nos vamos a cansar nunca). Ayuden desde su lugar. Sumen, no resten.  

Necesitamos recuperar el fútbol. Porque necesitamos recuperar nuestra sociedad.

miércoles, 18 de febrero de 2015

La crisis del petróleo para que la entiendas

Hace poco un amigo me preguntó sobre la crisis del petróleo. Me dijo que no entendía demasiado al respecto. Que le parecía muy complejo. A raíz de eso, se me ocurrió usar una analogía para que sea más digerible para aquel que no está familiarizado con el tema, y hasta le aburre un poco. 

Vamos a suponer que el mundo es un boliche. Cada barra dentro del boliche es un país productor (oferta) y los grupos de amigos  que van al boliche representan a los países consumidores (demanda). En el boliche se preparan un poco más de 90 tragos por noche (barriles de petróleo por día).

El mercado
Todo el mundo chupa. Algunos grupos de amigos tienen barra propia (productores). Dentro de estos grupos con barra propia, encontramos dos clases diferentes: los que sacian su sed con los tragos que hacen en su barra y pueden vender un excedente al público (productores exportadores), y los que se chupan lo de su barra y todavía insatisfechos van a chupar a barra ajena (productores e importadores, caso USA). Al resto de los mortales que no tienen barra propia, no les queda otra que chupar en barra ajena (no producen; tienen que importar). Los estadounidenses consumen 10 tragos por noche en barras ajenas. Los chinos, 5. Ellos son los que más chupan. Del lado de los que más tragos venden, los árabes tienen 7 para vender por noche. Los rusos, 5. El total de tragos disponibles para vender a grupos de otras barras es alrededor de 60 por noche (excedentes para exportación). Los otros 30 se puede asumir que se los chupan en las mismas barras.

Ver tabla con principales importadores y exportadores de petróleo.

Fuente: indexmundi 
Fuente: indexmundi
La dinámica del precio
Históricamente, todas las barras hacían un sólo tipo de trago: caipiroska de limón. 90 caipiras por día... El precio del trago queda fijado por la oferta y la demanda.
Cuando la gente está sedienta y quieren tomar más tragos de los que se preparan, el precio sube: hay que hacer cola, y los dueños de las barras ven que si suben un poco el precio igual tienen venden todo lo que tienen.
Cuando la gente tiene tragos en la mano o los de la barra hacen tragos en exceso y los dejan en la barra sin servir, el precio baja. La gente tiene distintas barras para elegir, lo que le permite negociar mejores precios.
Esta relación entre lo que preparan las barras y lo que la gente consume es la clave del precio. No se fija en función del costo de hacer el trago, sino por oferta y demanda. Y la realidad es que la demanda es bastante inelástica. O, en nuestra historia, la gente siempre chupa lo mismo, (año a año un poco más para ser exactos). Por lo tanto, el precio se define casi exclusivamente por la cantidad de tragos que se preparen. También es cierto que hay otros tragos en el boliche. Los principales son cerveza (carbón), vino (energía nuclear) y tragos exóticos (otras energías alternativas).

Los costos de producción
Fuente: indexmundi
Cuando miramos cada barra a la interna, podemos observar que a no todas las barras les cuesta lo mismo preparar el trago. Algunos tienen muchísimos limoneros en sus casas y pueden preparar el trago a muy bajo costo. Otros tienen limoneros menos fructíferos o limones con menos jugo. Les cuesta más preparar los tragos. El costo de producción impacta en cuánto puede aguantar una barra un precio bajo (o un gobierno un precio de petróleo bajo si su economía depende de ello). En cuanto a la cantidad de limoneros que tiene cada barra, se destacan árabes (que además les cuesta poco prepararlo) y venezolanos (ver tabla, no incluye shale).


La OPEC
Dentro del boliche hay una zona VIP donde se juntan casi todos los dueños de las barras con capacidad excedente para venta de tragos. Los rusos y los noruegos, por diferentes motivos, se quedaron afuera de este VIP. Las barras de la zona VIP venden 27 de los 60 tragos que se comercian.
La cuestión es que, dentro del VIP, los dueños de las barras se ponen de acuerdo en cuántos tragos van a preparar en cada noche. De esta manera, pueden asegurarse de mantener un precio alto que les asegure que esa noche les vaya bien. La barra de los venezolanos es una de las más preocupadas al respecto, al igual que la de los rusos. El problema de los rusos es que a veces los dejan participar en las reuniones de la zona VIP. Pero no estar adentro no es exactamente lo mismo. 

Las guerras y el precio
Cuando hay rosca en el boliche, es más jodido comprar un trago. La oferta se reduce, ya que los barmans están protegiendo la mercadería. Conseguir un trago se vuelve mucho más caro...

El shale
Ante la escasez de limones, alguien ideó una forma de hacer caipira de maracujá (shale oil). Sacia la sed igual que la caipira de limón, y es igual de rica. El tema es que el maracujá es más difícil de sacar del árbol, y entonces su elaboración es más costosa. Acá aparecieron barras que tienen mucho maracujá (USA, Argentina). El tema es que para poder llegar a hacer los tragos hay que invertir mucho en las plantas. Para preparar un trago de maracujá, es clave la cantidad. Hacer muchos tragos a la vez permite amortizar mejor la subida al árbol. 

La reciente crisis del precio
Lo que sucedió en los últimos meses fue que se hicieron más tragos de los que la gente quiere tomar. Alrededor de unos 2 tragos de más. Entonces, el precio cayó. Y cayó a la mitad de su valor. Esto tiene algunas consecuencias importantes. Hay barras que empiezan a tener problemas de caja. Su costo de preparación es mayor que el precio del trago. Si no ahorraron en las buenas noches, van a tener problemas. Los que hacían caipira de maracujá ya no les conviene seguir haciendo. Les conviene chupar caipira de limón en la barra de enfrente (total está barato). Los grandes beneficiados son los borrachos chupadores, que pagan sus tragos a mitad de precio.
Esto se resolvería si se prepararan 2 tragos menos por noche. El problema es quién paga la fiesta y deja de hacer esos 2 tragos (dejando de ganar mucha plata). En la zona VIP se han puesto de acuerdo en varias oportunidades. Pero siempre son los mismos los que terminan haciendo menos tragos. Esta vez parece ser distinto. 

Algunas teorías
"Los árabes se cansaron y quieren mandar un mensaje al resto de los exportadores, principalmente a Rusia". Esto podría llegar a ser correcto. Dado que el precio del petróleo cayó, hay que producir menos. El problema de esto es ponerse de acuerdo en quién baja. Dado que el los ingresos del gobierno ruso depende mucho del petróleo (50% de sus exportaciones), un precio como el actual (50 usd/b) le genera importantes complicaciones. 
"Lo están haciendo los países exportadores para desmotivar a los que extraen shale". Podría ser cierto, pero es menos probable. Los principales perdedores son ellos mismos (los países exportadores), ya que en lugar de vender petróleo a 100, lo venden a 50. Sí es cierto que las petroleras que están extrayendo shale están muy apalancadas financieramente (contrajeron deuda para invertir en la producción), y un precio bajo las puede perjudicar en el corto plazo.
"Estados Unidos se perjudica por el shale/ Estados Unidos se beneficia". Las dos cosas son ciertas. Pagan mucho menos el valor del petróleo que importan pero al precio actual no les conviene hacer shale (nuevamente, se perjudican las empresas que hoy están fuertemente apalancadas financieramente). Cuando suban los precios volverán a extraer shale.
En el cuadro de abajo se ver el punto de equilibrio de los presupuestos gubernamentales de cada país (a qué precio del barril de petróleo se equilibran sus finanzas; y por debajo de qué precio están en déficit).

Espero haber podido ayudar a que al menos alguna persona más entienda un poco qué es lo que está pasando con el petróleo.











lunes, 5 de enero de 2015

La mano invisible (o mejor dicho, inexistente)

Hace más de doscientos años que surgió el concepto de “la mano invisible” que regula y corrige absolutamente todo en el mercado. La maximización de los beneficios se ha vuelto un dogma de fe en el mundo empresarial, y conceptos como “efecto derrame” siguen aun profundamente internalizados en las neuronas de empresarios y profesionales que hoy ocupan puestos directivos en las empresas. Un dólar más para el otro significa un dólar menos para nosotros. No crecer da más miedo que una enfermedad terminal. Penetrar la “base de la pirámide” y diseñar la obsolescencia programada del portfolio de productos (ver vídeo abajo o versiones más cortasse ven como éxitos del marketing. Aparece el doble estándar. Los sindicatos se ven como un obstáculo para la maximización del beneficio. Derrotar a la competencia para no ser derrotado se convierte en leitmotiv. Los empresarios tienen peor reputación que los políticos. Salvo destacables excepciones,  creo que se la han ganado.
Bajo este credo, se ha hecho muy difícil el avance de la responsabilidad social. La necesidad de justificarla a través de resultados económicos ha contenido su progreso. El principal problema es la dificultad de plasmar mejoras cualitativas y de largo plazo en un cuadro de resultados. Por ello aparece los conceptos de “sustentabilidad” (poder mantener el resultado económico en el largo plazo) o “creación de valor compartido” (intentando reflejar que mejorando el contexto, mejora la situación de la empresa).
Al no poder reflejar los resultados de manera tan clara, comienzan a aparecer los grises. Se realizan iniciativas por temas de reputación, respuesta a acciones de activistas, o a reclamos de sindicatos, gobierno o comunidad. El estímulo fundamental por el cual las empresas realizan acciones de RSE se diluye, sin quedar bien claro cuál es la motivación subyacente detrás de esas acciones.
Por citar un ejemplo, en la industria manufacturera se está haciendo cada vez más hincapié en el tema de seguridad de las personas, intentando medir su impacto económico, con escaso éxito. Pero la cruda realidad en algún punto enfrenta a la seguridad con la productividad. Realizar los procedimientos de seguridad lleva tiempo. Posponer una tarea porque las condiciones de trabajo no son seguras cuesta dinero. El recurso para supervisar a un contratista es mejor utilizado si nos ayuda a producir más. Es infinita la cantidad de casos en las que se pregona sobre la seguridad, pero los sistemas (evaluaciones, promociones, llamados de atención, pedidos de explicaciones) luego van por otro lado. La productividad paga cash. La seguridad, a plazo.
Latinoamérica es la región más desigual del planeta. Con los sectores más pobres creciendo de manera más acelerada la tendencia pareciera difícil de torcer. Cada vez menos ricos con más riqueza. El efecto derrame no parece llegar nunca. La deteriorada y rivalizada relación patrón-sindicatos vuelve todo aún más complicado. Sindicalistas corruptos, activistas con intereses espurios.
Entonces… ¿qué hacer? Hay un caso que recientemente me llegó y me pareció muy ilustrativo. Se trata de Du Pont, hoy referente en temas inherentes a la seguridad industrial. En sus inicios manufacturaban pólvora. Dado que la seguridad fue de vital importancia para los Du Pont, la familia Du Pont vivía en la fábrica compartiendo los riesgos con sus empleados;. Tenían una regla de oro: “ningún empleado entrará en un molino nuevo o reconstruido sin que algún miembro de la familia o de la dirección haya probado personalmente su funcionamiento”.
El concepto me parece contundente. Si cuando tomamos decisiones, las tomáramos pensando que los afectados por esas decisiones serían nuestros padres, hijos y hermanos, tal vez las cosas serían diferente. El caso de cuidar el planeta para las “futuras generaciones” es un concepto también distante. No lo cuidamos de igual forma que nuestro propio hogar. Creemos que alguien más se ocupará de hacerlo. Y ni hablar de nuestro comportamiento como clientes. Los esquemas de ajuste del capitalismo dependen de nuestro rol como clientes. Tenemos que ser clientes responsables. Si no nos gusta la obsolescencia programada, la mejor (y quizás la única) herramienta que tenemos hoy a mano es la de no comprar.

Por eso creo que la solución tendrá que venir por el cambio conceptual con el que debemos empezar a tomar decisiones. Hoy ya existe una conciencia más ética de qué es lo correcto. Y mientras esta conciencia va introduciéndose en las empresas y en la sociedad, seguirá dependiendo de que cada uno desde su lugar haga su esfuerzo. Activistas, sindicatos, patrones y directivos. La mano invisible no existe. Tenemos que levantar la mano y decir presente en nuestra función y en nuestro rol. El efecto derrame podría transformarse en vasos comunicantes. Depende de todos.

martes, 30 de octubre de 2012

Joven Yo vs. Viejo Yo

En este último tiempo me ha ocurrido que, al encontrarme con gente que quizás no veo demasiado seguido, me han hecho algún comentario sobre mis tweets o mis comentarios sobre el país. Pese a que algunos puedan creer que me hago mala sangre, lo que en realidad intento transmitir es un poco la frustración y la desilusión que, a lo largo de los años, voy teniendo con nuestro ¿querido? país.

Últimamente cuando encuentro un espacio para reflexionar, pienso en Argentina. Se me viene a la mente una conversación entre dos personas. Al poco tiempo que charlan me doy cuenta que no son otra cosa que yo mismo en diferentes etapas de la vida. Habrá unos veinte años de diferencia entre uno y otro. La versión más joven es algo más joven que yo, aunque no demasiado (uno siempre se siente joven, por lo que le cuesta mirarse en retrospectiva). Esta versión joven es soñadora, tiene mucha energía y convicción para defender sus puntos de vista. Defiende al país y cree en el futuro. La versión más vieja (N. de R.: no confundir y tomar la connotación negativa que pueda tener esta palabra) rondará los cincuenta y es más pragmática. También, decididamente más descreída y desconfiada. Tiene menos energía al hablar y es menos tajante. Está abierto a escuchar otro punto de vista y, al hablar, sus palabras caen con peso, como si tuviera pruebas irrefutables de cada idea que expone.

Entre tantos temas que discuten el "yo joven" y el "yo viejo", nos son pocas las veces que se centran en la realidad del país. Intercambian ideas y hasta llegan a discutir, si bien en buenos términos y sin llegar a pelearse. Cuando la discusión se acalora un poco, de inmediato el "yo viejo" calma las aguas y vuelve a encausar la discusión, con una parsimonia y tranquilidad que son motivo de envidia del joven.

El "yo joven" cree en el país y en su futuro. Basa sus creencias en el compromiso de "la juventud" con el cambio. En los recursos del país (agrícolas, ganaderos, mineros, energéticos, turismo, etc.). En la potencialidad de seguir "creciendo". En la cercanía a Brasil y en algunos signos positivos de algunos indicadores macro-económicos. En una conciencia ciudadana que va in crescendo. En una mejoría individual de su status económico. Incluso lo seduce la posibilidad de ocupar algún cargo público. Al ir enumerando sus fundamentos, reconoce en ellos una debilidad: hay poco de realidad y mucho de deseo. Es mucho más lo que espera que pase que lo que realmente pasa. Y mientras, el tiempo también pasa.

El "yo viejo", sin ser demasiado lacónico, le dice que no tenemos arreglo. en Argentina la corrupción no tiene solución: alcanza a funcionarios públicos y público en general por igual. Del otro lado, la justicia es tan corrupta como muchos de sus juzgados. En Argentina se confunde ética con cumplimiento de la ley. Los empresarios piensan sólo en ellos mismos y los sindicalistas, millonarios, poco hacen por sus dirigidos. En Argentina están creciendo generaciones de chicos que nunca vieron a su padre trabajar, un problema cuya solución demanda muchísimos años desde el momento en que se empiece a hacer algo. En Argentina las reglas nunca son claras. Los resultados, sin embargo, son siempre similares: los que pagan siempre son los mismos y también son los mismos los que siempre caen bien parados. Hace mucho que en Argentina la inversión en infraestructura (caminos, transporte, puertos, industria, energía, federalización del país) es prácticamente nula. Somos un país donde el peatón debe esquivar autos, donde hay gente que se muere yendo a trabajar, donde hay 25 muertos por día en accidentes de tránsito. En Argentina la evasión de impuestos es una religión, como también lo es la malversación del erario público. En Argentina, bien entrados en el siglo XXI seguimos teniendo niveles de pobreza de otro siglo. En Argentina, y yendo a aspectos más abstractos para cerrar la argumentación, el sentido del prójimo directamente no existe. Un país en donde la desgracia ajena es más preciada que el bienestar propio no tiene salvación.

La primera pregunta que me surje es qué fue lo que cambió. Qué fue lo que pasó en el medio. Me respondo que fue el mero paso del tiempo. La vida misma la que se encargó de ajustar la visión del joven. El "yo viejo" tiene un pasado más largo y espera menos del futuro. Algunos lo llaman experiencia. Otros, madurez. Se podría hablar de optimismo y pesimismo, pero a mí me gusta entender el optimismo como una actitud hacia la realidad y no como un endulzamiento de la misma.

Por último, pienso en las lecciones de vida de mis seres más cercanos. Pienso en mis viejos. Ellos también soñaban ver una Argentina próspera y pujante. Solo se dieron el gusto de dejar de ver dictaduras. Aún se siguen haciendo mala sangre. Difícilmente vean a la Argentina como la soñaron. Muy difícilmente la vea yo... Sólo me queda soñar en que mis hijos vean algún cambio... Aunque no sé si prefiero mantenerme despierto, y trabajar desde el lugar en que estoy para intentar mejorar la realidad que me toca vivir. Al fin y al cabo, sólo el tiempo despejará la duda respecto de quién tenía razón: el joven Yo o el viejo Yo

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Adiós a un genio. ¿Adiós a un personaje histórico?

Nadie le escapa a la muerte. Esta vez se fue Steve Jobs. Un genio. Dejé pasar un par de semanas para poder analizar su impronta en este mundo un poco más en frío. No es que me encontrara dolido ni mucho menos, pero la canonización a la que los medios nos tienen acostumbrados cada vez que se va alguien famoso dificulta el tener una visión clara que permita separar paja de trigo.

Es absolutamente irrefutable que el hombre fue un un genio creativo y un emprendedor extraordinario. Perteneció a ese muy reducido porcentaje de personas que ven las cosas de otra forma. Que tienen una marcha más. Se me hace difícil aceptarlo como un semidios. Entre sus más fervientes seguidores (aunque habría que hacer la salvedad de que muchos de ellos son seguidores de sus marcas más que de su persona) he encontrado varios elogios que, a mi entender, han sido un poco desmesurados.

Analicemos ambas caras de la moneda. Jobs ha sido a lo largo de su carrera y de su vida un tipo distinto al resto. Un gran emprendedor y un líder inspirador (su discurso en Stanford es uno de los vídeos más vistos en Youtube al día de hoy). Sus productos son un fiel reflejo de esto. Por un lado, mezclando tecnología con creatividad artística, aparecen Buscando a Nemo, Toy Story, Cars, Monsters Inc... por nombrar solo algunas de las obras maestras de Pixar. Películas que se pueden ver hasta cien veces sin aburrirse. Por otro lado, iMac, iPod, iPad, iPodTouch y iPhone se destacan en el ambiente tecnológico. Lo increíble de Apple es el concepto: ninguno de nosotros sabía que necesitaba un iPod hasta que Apple lo empezó a comercializar. Son de los bienes de última necesidad más deseables que puedan existir. Y si bien son costosos, no son exclusivos para elites (como Louis Vitton, Ferrari, Omega, etc.). Reconozco que no me gusta la rigidez de Apple. Pero también reconozco que no hay productos más "cool" en el mercado. Creo que lo que no me gusta es el perfil del consumidor-fan de Apple. Ese que pega la manzanita en cuanto lugar puede y se la pasa hablando de lo buenos que están los productos y de cómo le han "resuelto la vida" (otro asset de Apple: el boca en boca es de los más efectivos que he conocido). Apple ha logrado generar un sentido de pertenencia a la marca muy difícil de igualar. El que consume Apple cree que está un paso adelante del resto de los mortales. Está convencido que tiene los mejores productos del mercado. Esto es obra de Steve Jobs.

Miremos ahora el otro costado del asunto. Apple sacó un comunicado en donde agradecía a Jobs por "haber hecho un mejor mundo para todos". Acá es donde creo que es desmedido el elogio. Jobs no descubrió la vacuna contra el sida, no inventó el by-pass, no descubrió la penicilina, ni redujo la pobreza mundial (o al menos, local). La gente no va a extrañar a su persona (como Juan Pablo II, Mandela, Teresa de Calcuta o Guinzburg...). Va a extrañar a sus productos. Habrá que ver cómo resuelve Apple (me enfoco en Apple por ser la empresa más dependiente de su figura) su continuidad. Un desafío enorme. Se verá aquí si su liderazgo fue tal que la empresa seguirá dando éxitos después de su muerte, o si armó una empresa demasiado Jobs-dependiente. 

Concluyendo con la idea, sí creo que se ha ido un genio. Ha reinventado el marketing de una manera completamente distinta: hacer un producto que nadie sabe que va a necesitar. Ha revolucionado la tecnología; por citar un ejemplo, la sensibilidad del touchscreen de los productos Apple es extraordinaria, (si bien no fue un invento de ellos, ellos la masificaron a través de su marca). Creo que estos logros son aún insuficientes para entrar en la categoría de "personaje histórico". Pero sólo el tiempo se podrá encargar de responder esta pregunta.





miércoles, 27 de julio de 2011

El militante K vs. el militante PRO

No soy amigo de los estereotipos. Tampoco me gusta la generalización.Pero vale la pena dedicarle algunos minutos a estos dos vídeos que contrastan a un militante del Frente para la Victoria y a uno del PRO, y que fueron publicados por La Nación online hace unos días. Un contraste muy burdo, que hasta parece adrede y exagerado.

Nuevamente, recalco que sería injusto decir que todos los militantes del FV son como Lucas Villarroel y todos los militantes del PRO son como Alex Campbell. Pero el ejercicio de repasar ambos vídeos nos puede ayudar a intentar entender cómo unos ven a los otros, y cómo unos se ven a sí mismos.

Primero, analizaremos el vídeo de Lucas Villarroel, militante del Frente para la Victoria.
La casa, sencilla, tiene techo de chapa, alambrado bajo y un lujo espartano. A él se lo ve con su mujer (o su señora, cómo el la llama) y su hijo. Lucas habla de manera directa.
En su discurso, habla del barrio, de la gente, de ayudar. Estudió en Córdoba y luego fue a la Capital a estudiar Ciencias Políticas en la UBA. Trabajó en la Iglesia, ayudando a chicos de la calle. Militó en la Felipe Vallese, de sociales. Se dice militante por elección y convicción. Luego hablan sus compañeros, quienes dicen tener necesidad de ayudar a los que más lo necesitan, a los de los barrios más humildes. Dando una mano, buscando un cambio que sea mejor para todos, en contraposición al beneficio de un sector de la sociedad. Hablan, con un atisbo de intolerancia, de "ellos" ("ellos" piensan que un empresario va a poder maximizar beneficios en un país). Se jactan de que la política se lleva en la sangre. Quieren cambiar los problemas que tiene la sociedad. Promueven el debate. Como broche del clip, la frase: "La liberación nacional, la emancipación de los pueblos americanos se tiene que ver en casa".
¿Qué tienen que ver este chico con el estilo "K", donde la confrontación irracional y personal, la intolerancia, el nosotros contra ellos, el abuso innecesario e incomprensible de la cadena nacional y la carencia del diálogo (y del debate) son marca registrada? No mucho.


Ahora pasemos a analizar a Alex Campbell, militante PRO.
Alex vive en un chalet. Entre los tantos portaretratos, se puede ver que jugó al polo. Si no me falla la vista, tiene un Audi estacionado en la puerta. Alex arma y desarma las oraciones mientras habla ("eso es un poco que siempre me interesó...")
Alex también lleva la política en la sangre. Su familia está ligada a la política mediante su bisabuelo y un antepasado que fue congresal en Tucumán, uno de los que "armó" este país.
Fue al Colegio San Andrés (zona norte) y estudió Ciencias Políticas en la UCA. Cree que la política paga poco, y que como uno siempre quiere mantener su nivel de vida, corre el riesgo de caer en el "vicio del administrador" (piensa que lo que administra es propio). Este supuesto indicaría que los políticos que roban para mantener su nivel de vida, ya vienen con un nivel de vida ávido de dinero y comodidades.
Para evitar caer en este "vicio", se dedicó a armar sus empresas en Mendoza, donde su bisabuelo fue gobernador. Para no robar, él creyó que lo mejor era tener plata antes. En otras palabras, no va a robar, pero no porque robar esté mal, sino porque no lo va a necesitar.
Afortunadamente, puede administrar sus empresas desde Buenos Aires y a la vez dedicarse a la política, para poder "sacarse el gusto". Bernardo Neustadt lo ayudó a hacer un programa de radio.
Alex tiene una muy buena experiencia en armado en equipos de trabajo, y así fue como llegó a dar una mano en el PRO, en "la cosa pública".
En su barrio, los vecinos saben donde vive, pero para que no vayan a su casa, armó una sede del PRO, así puede colaborar en expandir el partido de Macri a los lugares más recónditos de este país. Lugares como San Fernando.


Mauricio no es santo de mi devoción en lo absoluto. Pero estimo que no ha visto este vídeo, ya que lo hubiera prohibido antes de su publicación. O no. Quién sabe.

lunes, 18 de julio de 2011

Intolerante con la intolerancia

En esta oportunidad, me gustaría abordar un tema que considero central para el desarrollo de nuestro país, por ser uno de los principales escollos para su crecimiento. Se trata de la intolerancia. Intolerancia política, religiosa, racial, social, de sexual o de género, deportiva, cultural... sólo por mencionar las primeras que se vienen a mi mente.
En estos últimos días, estuve siguiendo un poco más de cerca que de costumbre la actualidad de Argentina. El tema que más cautivó mi atención fue el debate que se generó luego del poco feliz comentario de Fito Páez, expresando su asco hacia la mitad de los ciudadanos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por no haber votado a quién él considera la mejor opción.
Leí noticias, artículos de opinión, tweets. Leí también una carta, cuya lectura recomiendo, de Norberto Galasso a Fito, publicada por Aníbal Fernández en su blog.
En general, me abrumó tanta intolerancia, plasmada a través de varias de sus formas: desautorización, denuestos, ataques públicos, acusaciones, bajezas. 

Quisiera detenerme un momento en la Carta del Sr. Galasso. Me pareció interesante la descripción (un poco estereotipada) que realiza de algunos de los sectores que coexisten en nuestro país, así como su acertada referencia al individualismo de los argentinos. 

Por un lado, es una verdad insoslayable que gran parte del país no comprende a otra gran parte del mismo. Muchos de los que tuvieron más oportunidades no comprenden a los que tuvieron menos, cayendo a veces en el error de pensar que es exclusivamente por elección propia. Los que tuvieron menos no comprenden a los que tienen más, dado que lo consideran injusto. La lógica indicaría que los que tuvieron más oportunidades deberían estar mejor preparados para la tolerancia y para la comprensión. La lógica muchas veces no se cumple.

Sin ánimos de tomar partido, creo no equivocarme al decir que hay lacras en todos los sectores. Corrupción en las filas del sindicalismo, con negociados que benefician a unos pocos y con el fomento, a veces desmedido, de mantener empleada gente cuyo aporte es negativo y/o nocivo, ya que no sólo no trabajan, sino que destruyen la cultura de trabajo en el ambiente que los rodea. Por otro lado, el empresariado no se queda atrás. Evadiendo impuestos, empleando gente en negro, presentándose en convocatoria para burlar a sus acreedores, amparándose en la a veces laxa ley. 

Volvamos a la carta. Vi mucha intolerancia. Más del "nosotros" contra "ellos", del "ganamos" versus el "perdemos", el “tenemos que hacerles entender que están equivocados”. No me gustó que se vanaglorie de su odio. Citando al lúcido Jorge Lanata, "Nadie puede estar orgulloso de su odio, si es que lo tiene. El odio es una bajeza del espíritu". En conclusión, la carta me pareció interesante, pero creo que no suma. 

Por otro lado, me gustaría también hacer un breve comentario sobre algunos de los electores que se inclinaron por el oficialismo porteño. Sin ánimo de juzgar (el voto, gracias a muchos patriotas que se esforzaron por esto, es libre), me gustaría puntualizar en la subjetividad con que se analizan ciertas aspectos dependiendo de quién los realice. Al preguntarle a estos votantes por qué le perdonaban a Macri todo lo que prometió y no cumplió, las respuestas que encontré generalmente coincidían en el “no lo dejan”. 
Muchos de estos votantes son los que critican fuertemente al hoy gobierno nacional, y a ex gobernantes de la CABA. La reflexión que quiero hacer es la siguiente: ¿a Macri no lo dejan y a los demás sí? ¿Los anteriores repavimentaban por un tema electoral y Macri no? ¿Está mal votar por un chori y una coca, pero está bien hacerlo por una bicisenda? La inseguridad sigue igual o peor que hace 10 años, ¿pero no es un tema sobre el que se pueda hacer algo? La belleza está en los ojos de quien mira…

Analizando un lado y el otro, creo que la conclusión es que, en Argentina, todavía no hemos aprendido a hacer oposición. Hacer oposición es distinto a oponerse. Hacer oposición es sumar desde otro punto de vista, limitar el poder del gobierno de turno. No es enfrentarse a todas las iniciativas. Esto aún no lo hemos entendido. 

Después de todo, ¿no queremos todos que el país vaya para adelante? El problema es que como no todos miramos para el mismo lugar, ese adelante es distinto para cada quien. En ocasiones, el estar espalda con espalda hace incluso que el avanzar para unos, sea el retroceder para otros.  Un buen punto de partida puede ser la tolerancia. Al menos, la reducción de la intolerancia. Luego puede venir la comprensión, y, quién sabe, podamos empezar a pensar en el utópico y algo olvidado bien común.