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miércoles, 18 de febrero de 2015

La crisis del petróleo para que la entiendas

Hace poco un amigo me preguntó sobre la crisis del petróleo. Me dijo que no entendía demasiado al respecto. Que le parecía muy complejo. A raíz de eso, se me ocurrió usar una analogía para que sea más digerible para aquel que no está familiarizado con el tema, y hasta le aburre un poco. 

Vamos a suponer que el mundo es un boliche. Cada barra dentro del boliche es un país productor (oferta) y los grupos de amigos  que van al boliche representan a los países consumidores (demanda). En el boliche se preparan un poco más de 90 tragos por noche (barriles de petróleo por día).

El mercado
Todo el mundo chupa. Algunos grupos de amigos tienen barra propia (productores). Dentro de estos grupos con barra propia, encontramos dos clases diferentes: los que sacian su sed con los tragos que hacen en su barra y pueden vender un excedente al público (productores exportadores), y los que se chupan lo de su barra y todavía insatisfechos van a chupar a barra ajena (productores e importadores, caso USA). Al resto de los mortales que no tienen barra propia, no les queda otra que chupar en barra ajena (no producen; tienen que importar). Los estadounidenses consumen 10 tragos por noche en barras ajenas. Los chinos, 5. Ellos son los que más chupan. Del lado de los que más tragos venden, los árabes tienen 7 para vender por noche. Los rusos, 5. El total de tragos disponibles para vender a grupos de otras barras es alrededor de 60 por noche (excedentes para exportación). Los otros 30 se puede asumir que se los chupan en las mismas barras.

Ver tabla con principales importadores y exportadores de petróleo.

Fuente: indexmundi 
Fuente: indexmundi
La dinámica del precio
Históricamente, todas las barras hacían un sólo tipo de trago: caipiroska de limón. 90 caipiras por día... El precio del trago queda fijado por la oferta y la demanda.
Cuando la gente está sedienta y quieren tomar más tragos de los que se preparan, el precio sube: hay que hacer cola, y los dueños de las barras ven que si suben un poco el precio igual tienen venden todo lo que tienen.
Cuando la gente tiene tragos en la mano o los de la barra hacen tragos en exceso y los dejan en la barra sin servir, el precio baja. La gente tiene distintas barras para elegir, lo que le permite negociar mejores precios.
Esta relación entre lo que preparan las barras y lo que la gente consume es la clave del precio. No se fija en función del costo de hacer el trago, sino por oferta y demanda. Y la realidad es que la demanda es bastante inelástica. O, en nuestra historia, la gente siempre chupa lo mismo, (año a año un poco más para ser exactos). Por lo tanto, el precio se define casi exclusivamente por la cantidad de tragos que se preparen. También es cierto que hay otros tragos en el boliche. Los principales son cerveza (carbón), vino (energía nuclear) y tragos exóticos (otras energías alternativas).

Los costos de producción
Fuente: indexmundi
Cuando miramos cada barra a la interna, podemos observar que a no todas las barras les cuesta lo mismo preparar el trago. Algunos tienen muchísimos limoneros en sus casas y pueden preparar el trago a muy bajo costo. Otros tienen limoneros menos fructíferos o limones con menos jugo. Les cuesta más preparar los tragos. El costo de producción impacta en cuánto puede aguantar una barra un precio bajo (o un gobierno un precio de petróleo bajo si su economía depende de ello). En cuanto a la cantidad de limoneros que tiene cada barra, se destacan árabes (que además les cuesta poco prepararlo) y venezolanos (ver tabla, no incluye shale).


La OPEC
Dentro del boliche hay una zona VIP donde se juntan casi todos los dueños de las barras con capacidad excedente para venta de tragos. Los rusos y los noruegos, por diferentes motivos, se quedaron afuera de este VIP. Las barras de la zona VIP venden 27 de los 60 tragos que se comercian.
La cuestión es que, dentro del VIP, los dueños de las barras se ponen de acuerdo en cuántos tragos van a preparar en cada noche. De esta manera, pueden asegurarse de mantener un precio alto que les asegure que esa noche les vaya bien. La barra de los venezolanos es una de las más preocupadas al respecto, al igual que la de los rusos. El problema de los rusos es que a veces los dejan participar en las reuniones de la zona VIP. Pero no estar adentro no es exactamente lo mismo. 

Las guerras y el precio
Cuando hay rosca en el boliche, es más jodido comprar un trago. La oferta se reduce, ya que los barmans están protegiendo la mercadería. Conseguir un trago se vuelve mucho más caro...

El shale
Ante la escasez de limones, alguien ideó una forma de hacer caipira de maracujá (shale oil). Sacia la sed igual que la caipira de limón, y es igual de rica. El tema es que el maracujá es más difícil de sacar del árbol, y entonces su elaboración es más costosa. Acá aparecieron barras que tienen mucho maracujá (USA, Argentina). El tema es que para poder llegar a hacer los tragos hay que invertir mucho en las plantas. Para preparar un trago de maracujá, es clave la cantidad. Hacer muchos tragos a la vez permite amortizar mejor la subida al árbol. 

La reciente crisis del precio
Lo que sucedió en los últimos meses fue que se hicieron más tragos de los que la gente quiere tomar. Alrededor de unos 2 tragos de más. Entonces, el precio cayó. Y cayó a la mitad de su valor. Esto tiene algunas consecuencias importantes. Hay barras que empiezan a tener problemas de caja. Su costo de preparación es mayor que el precio del trago. Si no ahorraron en las buenas noches, van a tener problemas. Los que hacían caipira de maracujá ya no les conviene seguir haciendo. Les conviene chupar caipira de limón en la barra de enfrente (total está barato). Los grandes beneficiados son los borrachos chupadores, que pagan sus tragos a mitad de precio.
Esto se resolvería si se prepararan 2 tragos menos por noche. El problema es quién paga la fiesta y deja de hacer esos 2 tragos (dejando de ganar mucha plata). En la zona VIP se han puesto de acuerdo en varias oportunidades. Pero siempre son los mismos los que terminan haciendo menos tragos. Esta vez parece ser distinto. 

Algunas teorías
"Los árabes se cansaron y quieren mandar un mensaje al resto de los exportadores, principalmente a Rusia". Esto podría llegar a ser correcto. Dado que el precio del petróleo cayó, hay que producir menos. El problema de esto es ponerse de acuerdo en quién baja. Dado que el los ingresos del gobierno ruso depende mucho del petróleo (50% de sus exportaciones), un precio como el actual (50 usd/b) le genera importantes complicaciones. 
"Lo están haciendo los países exportadores para desmotivar a los que extraen shale". Podría ser cierto, pero es menos probable. Los principales perdedores son ellos mismos (los países exportadores), ya que en lugar de vender petróleo a 100, lo venden a 50. Sí es cierto que las petroleras que están extrayendo shale están muy apalancadas financieramente (contrajeron deuda para invertir en la producción), y un precio bajo las puede perjudicar en el corto plazo.
"Estados Unidos se perjudica por el shale/ Estados Unidos se beneficia". Las dos cosas son ciertas. Pagan mucho menos el valor del petróleo que importan pero al precio actual no les conviene hacer shale (nuevamente, se perjudican las empresas que hoy están fuertemente apalancadas financieramente). Cuando suban los precios volverán a extraer shale.
En el cuadro de abajo se ver el punto de equilibrio de los presupuestos gubernamentales de cada país (a qué precio del barril de petróleo se equilibran sus finanzas; y por debajo de qué precio están en déficit).

Espero haber podido ayudar a que al menos alguna persona más entienda un poco qué es lo que está pasando con el petróleo.











lunes, 5 de enero de 2015

La mano invisible (o mejor dicho, inexistente)

Hace más de doscientos años que surgió el concepto de “la mano invisible” que regula y corrige absolutamente todo en el mercado. La maximización de los beneficios se ha vuelto un dogma de fe en el mundo empresarial, y conceptos como “efecto derrame” siguen aun profundamente internalizados en las neuronas de empresarios y profesionales que hoy ocupan puestos directivos en las empresas. Un dólar más para el otro significa un dólar menos para nosotros. No crecer da más miedo que una enfermedad terminal. Penetrar la “base de la pirámide” y diseñar la obsolescencia programada del portfolio de productos (ver vídeo abajo o versiones más cortasse ven como éxitos del marketing. Aparece el doble estándar. Los sindicatos se ven como un obstáculo para la maximización del beneficio. Derrotar a la competencia para no ser derrotado se convierte en leitmotiv. Los empresarios tienen peor reputación que los políticos. Salvo destacables excepciones,  creo que se la han ganado.
Bajo este credo, se ha hecho muy difícil el avance de la responsabilidad social. La necesidad de justificarla a través de resultados económicos ha contenido su progreso. El principal problema es la dificultad de plasmar mejoras cualitativas y de largo plazo en un cuadro de resultados. Por ello aparece los conceptos de “sustentabilidad” (poder mantener el resultado económico en el largo plazo) o “creación de valor compartido” (intentando reflejar que mejorando el contexto, mejora la situación de la empresa).
Al no poder reflejar los resultados de manera tan clara, comienzan a aparecer los grises. Se realizan iniciativas por temas de reputación, respuesta a acciones de activistas, o a reclamos de sindicatos, gobierno o comunidad. El estímulo fundamental por el cual las empresas realizan acciones de RSE se diluye, sin quedar bien claro cuál es la motivación subyacente detrás de esas acciones.
Por citar un ejemplo, en la industria manufacturera se está haciendo cada vez más hincapié en el tema de seguridad de las personas, intentando medir su impacto económico, con escaso éxito. Pero la cruda realidad en algún punto enfrenta a la seguridad con la productividad. Realizar los procedimientos de seguridad lleva tiempo. Posponer una tarea porque las condiciones de trabajo no son seguras cuesta dinero. El recurso para supervisar a un contratista es mejor utilizado si nos ayuda a producir más. Es infinita la cantidad de casos en las que se pregona sobre la seguridad, pero los sistemas (evaluaciones, promociones, llamados de atención, pedidos de explicaciones) luego van por otro lado. La productividad paga cash. La seguridad, a plazo.
Latinoamérica es la región más desigual del planeta. Con los sectores más pobres creciendo de manera más acelerada la tendencia pareciera difícil de torcer. Cada vez menos ricos con más riqueza. El efecto derrame no parece llegar nunca. La deteriorada y rivalizada relación patrón-sindicatos vuelve todo aún más complicado. Sindicalistas corruptos, activistas con intereses espurios.
Entonces… ¿qué hacer? Hay un caso que recientemente me llegó y me pareció muy ilustrativo. Se trata de Du Pont, hoy referente en temas inherentes a la seguridad industrial. En sus inicios manufacturaban pólvora. Dado que la seguridad fue de vital importancia para los Du Pont, la familia Du Pont vivía en la fábrica compartiendo los riesgos con sus empleados;. Tenían una regla de oro: “ningún empleado entrará en un molino nuevo o reconstruido sin que algún miembro de la familia o de la dirección haya probado personalmente su funcionamiento”.
El concepto me parece contundente. Si cuando tomamos decisiones, las tomáramos pensando que los afectados por esas decisiones serían nuestros padres, hijos y hermanos, tal vez las cosas serían diferente. El caso de cuidar el planeta para las “futuras generaciones” es un concepto también distante. No lo cuidamos de igual forma que nuestro propio hogar. Creemos que alguien más se ocupará de hacerlo. Y ni hablar de nuestro comportamiento como clientes. Los esquemas de ajuste del capitalismo dependen de nuestro rol como clientes. Tenemos que ser clientes responsables. Si no nos gusta la obsolescencia programada, la mejor (y quizás la única) herramienta que tenemos hoy a mano es la de no comprar.

Por eso creo que la solución tendrá que venir por el cambio conceptual con el que debemos empezar a tomar decisiones. Hoy ya existe una conciencia más ética de qué es lo correcto. Y mientras esta conciencia va introduciéndose en las empresas y en la sociedad, seguirá dependiendo de que cada uno desde su lugar haga su esfuerzo. Activistas, sindicatos, patrones y directivos. La mano invisible no existe. Tenemos que levantar la mano y decir presente en nuestra función y en nuestro rol. El efecto derrame podría transformarse en vasos comunicantes. Depende de todos.

martes, 19 de febrero de 2013

El Cruce (segunda parte)


Acá estamos nuevamente para todos aquellos intrigados en conocer el desenlace de los aventureros...

Intentaré mantener el grado de detalle en la narración, ya que si están leyendo esta parte es porque evidentemente les gustó la primera. No puedo comprometerme porque el cansancio y el ladino tiempo se complotan para intentar borrar algunos recuerdos. Por supuesto que los más lindos (y también los más feos), son los más difíciles de borrar... 

Día 2: la materialización de la locura

El día amaneció algo nublado. Un guiño del tiempo para con nosotros. Ponerse las zapatillas aún mojadas del día anterior es algo bastante desagradable. Es como si los pies se resistiesen, quizás sorprendidos de que el esfuerzo del día anterior no haya sido suficiente para terminar con el asunto. Ni qué decir de ponerse la camiseta oficial de la carrera... 

Los músculos se van despertando por turnos. Primero el tren superior, luego los gemelos y los cuádriceps. A los isquiotibiales y los glúteos parece costarles un poco más, pero de a poco van recuperando movilidad. Ya después del desayuno, cuerpo-mente-ropa ya son uno nuevamente y nos encontramos listos para proseguir con el itinerario.

Lejos de ser expertos, pero sin dudas mucho más experimentados que el día anterior, cargamos inteligentemente nuestras mochilas: agua, geles, frutas, botellitas de agua para cargar de los arroyos, y rompevientos... Los dioses de la montaña se apiadaron de nosotros e impidieron que dejáramos los rompevientos en los bolsos, algo que teníamos pensado hacer luego de evaluar el peso de los mismos y de sopesar la inocente creencia de que, como el primer día no los usamos, no los necesitaríamos más nunca.

Nuevamente, una caminata previa que no se computa en los registros. Habrá sido un kilómetro desde el campamento hasta un precario puente que los colectivos no se atrevían a cruzar. Nos subimos al bondi que nos transportó hasta la largada y, sin más prefacio, arrancamos lo que sería una de las pruebas físicas y mentales más exigentes de nuestras vidas.

Ya de entrada, el segundo día nos mostraba sus afilados dientes... Una larga y empinada subida por un camino de autos. La temperatura rondaría los 18-20 grados. Fresco, pero mientras se mantiene el calor corporal, es una buena temperatura. Empezamos tranquilos, pensando en tardar unas nueve o diez horas. La categoría equipos había hecho esta etapa el día anterior, y en el campamento circulaban rumores de que había gente que había tardado hasta trece horas... 

Los grupos de corredores comenzaban a pasarnos. Uso adrede la palabra grupos, ya que no son equipos. Cada corredor es parte del grupo en tanto y en cuanto pueda mantener el ritmo del mismo. Caso contrario, irá quedando relegado. En definitiva, es un poco el espíritu del corredor. Uno corre contra sí mismo, no contra los demás.

Habrían pasado unos cuarenta y cinco minutos de la salida, cuando nos miramos y nos propusimos casi al unísono empezar a meterle ritmo. Y así fue. Empezamos a trotar y a correr en las partes planas y bajadas, y a subir a buen tranco en las subidas. Una vez que se terminó el camino de autos, nos adentramos en un frondoso bosque, cuyo suelo estaba blando, producto de la lluvia de la noche anterior. A la hora nos comimos una fruta y tomamos un poco de agua, comenzando una rutina que no abandonaríamos hasta el final de la carrera.

Casi sin darnos cuenta, llegamos al primer arroyo. Km 10. Una hora y cuarenta minutos. Veníamos a un ritmo arrasador... Superado ese arroyo, continuamos el ascenso, por unos tres km de bosque. Ya en el último tramo del bosque se veía una larga y picante subida para salir del mismo. Lejos de amedrentarnos, le metimos ritmo y, dejando atrás a varios corredores, la superamos sin mayores contratiempos. 

Generalmente, después de una subida uno mira rápidamente el nuevo horizonte para luego volver la mirada sobre el camino que lo llevó hasta ahí, de manera tal de poder regocijarse viendo la hazaña que acaba de realizar. En ese instante, una corredora que llegaba al lugar nos pregunta si sabíamos si esa era "la" subida que se veía en el perfil de alturas de la etapa dos. Antes de liberar el impulso de responder que sí. giramos nuestras cabezas 180° para corroborar que así era... Ahí fue cuando vimos "LA" subida. Un paredón infernal y eterno que hacía parecer que el reciente ascenso fuera como subirse a un banquito.

No nos dimos tiempo de pensarlo siquiera una vez. Continuamos la marcha. Uno. Dos. Uno. Dos. Un pie después del otro. La subida era definitivamente nuestro fuerte. Seguimos pasando corredores. Al cabo de unos cuarenta y cinco minutos más, llegamos a la cima. Dos mil metros de altura, pico de la carrera. 15 km en algo más de tres horas. Impecable hasta allí.

Del sol, ni rastros. A esa altura y con el día nublado, el fresco ya era frío. Nos pusimos el rompevientos y empezamos la bajada. Dos kilómetros más y llegamos a un lago en el medio de la montaña. Un lugar realmente increíble. Nos reabastecimos de agua y seguimos. Aún no estábamos ni siquiera en la mitad del recorrido.

Saliendo del lago nos dispusimos a enfrentar una nueva subida. Ninguna sería como la que ya habíamos dejado atrás, aunque el cansancio del cuerpo se empecinaba en hacernos creer lo contrario. El paisaje cambió drásticamente. Terreno más rocoso y un poco más verde. Retomamos la corrida y seguimos avanzando a buen ritmo. El frío ya comenzaba a calar un poco más hondo. La lluvia y el viento se unieron a nuestra marcha, para acompañarnos durante varias horas.

Cruzamos una larga y árida meseta para llegar a una de las partes más lindas del recorrido. Pasando el km 20 y tras una nueva subida en terreno más arenoso, llegamos a una especie de desierto rocoso en el que se veían sólo montañas y una diminuta fila de corredores allá a lo lejos en el horizonte. Después de unos mil metros de caminata en la planicie, volvimos a trotar. Llegamos a lo que vendría a ser el filo de un volcán extinto y comenzamos a caminar por el mismo. Cuando veo paisajes como ese pienso varias cosas. Por un lado, imagino que Dios dedicó mucho más tiempo y esfuerzo en diseñarlo, y se lo reservó a personas que sólo lo podrán ver luego de cierto esfuerzo para acceder hasta allí. También pienso que pareciera ser ley que cuanto uno más se aleja de los lugares donde el hombre ha dejado su indeleble huella (ciudades principalmente), tanto más impresionante y espectacular es el paisaje. Es algo así como la pequeñez del hombre ante la inmensidad de la naturaleza y todas esas cosas...

Venimos bien. Ya estaremos en las cinco horas de recorrido. Bien hidratados y bien alimentados. Sobrepasamos otro filo y comienza un escarpado descenso hacia un bosque. Este descenso, de alrededor de media hora, es en un paisaje que se parece a la Escocia de Corazón Valiente. Verde y rocoso, nublado y húmedo.

Tres o cuatro arroyos más tarde, entramos al último bosque. El bosque mais grande do mundo... 

Esquivar una raíz, saltar un charco, pisar la rama dentro del lodazal para no empantanarse, correr otra rama con el brazo, controlar la respiración, agachar la cabeza, tener cuidado al pasar un corredor, ver el camino, mirar el paisaje... Extenuante...

Iremos ya por las seis horas de carrera. Estamos corriendo de costado por la montaña, con árboles a ambos lados. Otro imponente lago se ve a la derecha, con una carpa de algún turista a lo lejos. Correr de costado me hace pensar en lo que debe sentir una persona con una pierna más corta que la otra al correr en el plano. Es demoledor para las articulaciones. Tal es así, que mi rodilla empieza a clamar socorro. Intento acallarla, como todo el resto de la carrera, pero me resulta imposible. Hasta que, tan concentrado en ella, me distraigo y me tuerzo fuertemente el tobillo derecho. Es un clarísimo esguince. Siento que el mundo se me viene abajo. No tenía dudas de que ese día lo iba a terminar, pero si la lesión me impedía salir el tercer día sería algo devastador. 

Tuvimos que disminuir la marcha y caminar hasta el final. Sabía que si el esguince era severo, no podría continuar por más que quisiese. Me propuse entonces atenerme a lo único que me quedaba: la ferviente voluntad de cruzar esa meta.

Kilómetro 35. Cruzamos un arroyo y pensábamos que ya estábamos. Nos habían dicho que eran 38 km para esa etapa. Última subida y la bajada más empinada de todas. Mis rodillas crujían. Joaquín, producto de todo un año de gimnasio, lo llevaba bastante mejor. Su lucha pasaba más por combatir los efectos adversos del tabaco. Vale decir también que todavía no habíamos aprendido a correr las bajadas. Recién al día siguiente aprenderíamos...

Km 38 y llegamos a un camino de autos. Mojados, doloridos y hartos. Van como siete horas y media de carrera. La ilusión por ese plato caliente de pastas nos hace dar otro paso. Curva, contra curva, contra contra curva... Los 4 km más largos del mundo. 

Ocho horas y casi veinte minutos después de largar, llegábamos a la meta...

El campamento dos estaba en un lugar aún más lindo que el del primer día. Nos aseamos un poco en un gélido arroyo, dejando la mitad inferior del cuerpo bajo el agua para que las bajas temperaturas mimen un poco a las maltratadas articulaciones y músculos. Habremos llegado a eso de las cinco o seis de la tarde, por lo que el almuerzo y la cena fueron bastante seguidos. 

Rengueando de un lado al otro, temía ir a la enfermería, ya que quería evitar oír un veredicto que no quería oír. Un analgésico y a esperar. Opté por dormir una pequeña pero reparadora siesta, mientras Joaco pasaba por la camilla de masajes.

Mucho más habituados a la vida de camping, nos acomodamos rápido y disfrutamos de las charlas con otros corredores-gladiadores. El clima del campamento es muy distinto al del primer día. A esta altura ya se cayeron todas las caretas y todas las corazas. El cansancio une los espíritus. Hay un muy lindo ambiente de amistad. Es que claro... estamos todos juntos en ésta...

Día 3: abrazo a la gloria

Creo que dormimos un poco mejor. El cuerpo necesitaba el descanso y descansó... Repetimos rutina: armado de mochila, más abrigo que el día anterior, desayuno y bondi.

Arrancar el tercer día fue un gran alivio. Ya está. Hoy se termina. "Cómo" se termina será otra cosa, pero al terminar el día la faena estaría concluida.

Los primeros dos kilómetros eran sobre camino de ripio. Muy tranquilos trotamos hasta el primer bosque y la primer subida. 

Terreno blando y, con el vendaje, ni rastros del dolor del tobillo. El que sí me acompañaría durante toda la etapa seríael dolor de rodilla. Un dolor que oscilaba entre un mínimo que hacía que no pudiese pensar en otra cosa y un máximo que no me impedía continuar la marcha. Supe que, no importara cómo, llegaría. Nadie me iba a impedir dar todo lo que tuviera. Darlo todo era la única forma de poder mirar a los ojos a mi familia y a mí mismo en un espejo. Joaco estaba entero, aunque obviamente con algún dolor muscular.

Arrancamos a muy buen ritmo toda la subida, y casi sin darnos cuenta, atravesábamos el km 10. Faltaba quizás una hora más de subida. Subida de bosque que se terminó haciendo dura debido a la inmensa fila india de corredores que se armó. Un verdadero embotellamiento. Ir más lento cansa más los músculos.

Al terminar la subida, una hostil pendiente nos aguardaba en la meseta. Deben haber sido dos o tres kilómetros con una moderada pero constante pendiente, con viento cruzado y lluvia constante. Un panorama muy sombrío... El paisaje era obviamente imponente, pero poco le importa a uno en ese momento en que sólo quiere una taza de café caliente al costado de una chimenea encendida. 

Ya en la bajada de la meseta, nos dispusimos a correr sobre el terreno rocoso. En este preciso momento fue cuando aprendimos a bajar... Era cuestión de soltar el cuerpo. Al no intentar frenar, las articulaciones no se resienten. Habremos corrido unos setecientos metros a máxima velocidad en bajada. Tan sólo esa sensación hubiera pagado la experiencia completa. El viento en la cara, las piernas descontroladas y libres. Libres como nunca. Como cuando uno era chico y no conocía otra forma de correr que no fuera a máxima velocidad... Un tropezón podría llegar a implicar una fractura expuesta, pero la adrenalina era más fuerte... Los huesos tarde o temprano irían a sanar...

Sería el km 18. Entramos al último bosque que cruzaríamos y nos comimos un paquete de maní. El maní más rico de nuestras vidas... Alternando el liderazgo con Joaquín, cruzamos el bosque como un relámpago. No queríamos parar... Correr, correr, correr...

Llegamos a un puesto de hidratación que estaba en el Km 21. Seis más... Tomamos agua y de nuevo a correr...

Llegamos a la ruta. Los últimos 3 ó 4 km son en la ruta que atraviesa las migraciones y aduanas de los países. Caminamos. La cabeza empezaba a darnos vueltas. Uno empieza a querer contar la experiencia antes de terminarla...

Nos pasan unos argentinos que nos alientan. Empezamos a correr con ellos. Vamos arrastrando gente al grito de "Vamos que falta poco, carajo!". Se nos pone la piel de gallina. Se ve la bandera de Chile. Es la frontera... No aflojamos. Nos demoramos un poco porque a Joaco se le mojó el papel migratorio y el gendarme es un rompe pelotas que no entiende nada de la vida...

Un kilómetro separan las aduanas de Chile y Argentina. Lo trotamos. En treinta segundos cruzamos la aduana. Faltan dos kilómetros!!

Aparece el inflable de la llegada. Vamos hacia él. Hay un alambrado. Hay que retomar, ir unos metros para atrás y bordear algo que parece un campo. A quién le importa. Ya pusimos la mirada en el inflable. Trecientos metros. Doscientos. Cien... Nos abrazamos. Llegamos...

Explotamos. Nos volvemos a abrazar y nos separamos. Cada uno necesita tomar consciencia y grabar ese momento. Los dos tenemos ganas de llorar y, como hombres, no queremos que nos vean llorar.  Me pongo en cuclillas y me quiebro. Dura poco, pero es muy intenso. Ya está. Nos lo propusimos. Quisimos. Pudimos.
 
Espero no haberlos aburrido con el extenso relato, pero es difícil ser breve con tantas cosas que pasaron.

Fue sin dudas una de las experiencias más lindas de mi vida. Alguien alguna vez me dijo una verdad que me retumbó bastante en la cabeza después de cruzar la meta: "Los grandes objetivos no se logran superando a los demás, sino superándose a uno mismo."

Los despido hasta nuestro próximo encuentro.


El Cruce (Primera parte) VIDEO

Acá les dejo el video de la primera parte


viernes, 15 de febrero de 2013

El Cruce (Primera parte)


El recorrido
Noventa y ocho kilómetros. Dos mil personas. Tres volcanes. Tres días. Una experienca inolvidable.

Me siento a intentar narrar lo que vivimos en estos días y me resulta muy difícil empezar. Es que, por momentos, el miedo a quedarme corto en la descripción supera la voluntad de compartir la experiencia, de lograr que todos puedan vivir de cierto modo esta epopeya que fue cruzar los Andes a pie. 

La decisión 

La historia empieza mucho antes que en la línea de largada. Todavía guardo fresco en mi mente el impulso que me llevó a anotarme. Porque si bien uno hace una suerte de análisis previo, hay un click del mouse que cambia todo. En este caso, fue el click para pagar la mitad del costo de la carrera... Joaco (amigo y compañero en la carrera) venía más decidido y se había anotado unos días antes. 

Es difícil describir el motivo por el cuál uno se embarca en este tipo de cosas. Algunos lo hacen porque hicieron una promesa. Otros lo hacen por entretenimiento. Están también los que lo hacen por costumbre y los que lo hacen sólo por disfrutar del paisaje. También están los que lo hacen por competir o por mejorar algún rendimiento anterior. Incluso están los que lo hacen porque un amigo les dijo que estaba bueno. 

Yo creo que, en mayor o menor medida, todos lo hacemos para demostrarnos que podemos superar nuestros límites. Límites impuestos por el entorno, por algún mito popular o por la peor limitante de todas: nuestra propia mente. Esa que puede hacernos realizar las mayores proezas, pero también impedirnos hacer las cosas más simples y cotidianas. Porque la mente controla la voluntad. Y la voluntad es uno de los mayores motores que puede tener una persona. "Si realmente quieres hacer algo, encontrarás una manera. Si no, encontrarás una excusa…" (Jim Rohn). 

Entrenando cuerpo y mente 

Suficiente preámbulo sobre la decisión. Quisiera compartir un poco lo que fue el entrenamiento, que duró alrededor de tres meses. 

Es difícil entrenarse para algo que uno desconoce. Entrenarse para una maratón o para un triatlón es duro, pero es más simple. Sin entrar en el esfuerzo que representa, basta con correr, nadas o pedalear equis cantidad de distancia cada semana. En el caso de "El Cruce", nosotros desconocíamos con qué nos podíamos encontrar. Subidas y bajadas, arroyos, sol, lluvia, viento, altura, falta de agua, falta de oxígeno (?), superficies distintas e irregulares, etcétera... Con este panorama, optamos por hacer fuerza de piernas y fondo. No fue una mala elección. 

El entrenamiento para una competencia es duro desde lo físico, pero también desde lo mental. Uno tiene que tener fuerza de voluntad todos y cada uno de los días en que entrena. A cuatro o cinco entrenamientos por semana en promedio, esto representa una gran cantidad de energía. Es por esto que uno llega a veces cansado mentalmente. Por suerte, la fecha de la carrera no se mueve, con lo cual en algún momento llega "el" día. 

En mi caso particular, siento que toda mi familia entrenó conmigo. Con cada aliento, con cada empujón cuando la pereza estaba por superarme... Con cada "Vas a correr hoy, papá?"... Fueron sin duda clave en toda la preparación. 

T-2 días: hacia la carrera
 
Me encontré con Joaco en Aeroparque. Era miércoles y todavía faltaban dos días para la carrera. La ansiedad y la incertidumbre eran grandes. Nos habíamos visto un par de semanas atrás en lo que fue la única vez que nos juntamos para entrenar. 

La sensación en el aeropuerto podría asemejarse al momento previo a algún partido importante de algún deporte que practiquen o de algún examen que hayan rendido. Uno espera ese pitazo inicial que descomprime absolutamente todo. Una vez que la cosa empezó, ya está. La atención pasará por otro lado. Pero hasta tanto uno no escuché ese estruendo liberador, uno se siente un poco tenso, nervioso. Para graficar esto, basta con compartirles la anécdota de Joaco, un día antes en el gimnasio. Ante una sensación de contractura en un gemelo, va a preguntarle al trainer para ver si lo podía ayudar a enlongar y analizar si le convenía parar. "Seguí corriendo. No tenés nada. Es miedo previo a la competencia." Todo dicho... 

Volamos a Bariloche y nos subimos a una combi que nos trasladó a San Martín de los Andes, en un tiempo récord (negativo) de unas cuatro horas. Nos instalamos y salimos a dar una vuelta, "despidiéndonos" de la previa a la carrera con una tremenda picada, regada noblemente con una buena cerveza. Empezamos a ver otros corredores y la excitación comenzaba a crecer.

T-1 día: Ya casi

A la mañana siguiente continuamos nuestro periplo hacia Pucón. Una hora para recorrer los 40 km que separan SMA de Junín de los Andes, y, tras una rápida pre-acreditación para la carrera, casi cinco horas más para llegar a Pucón. La mente, y en menor medida el cuerpo, estaban extenuados.

Fuimos a la charla técnica del día previo y salimos a comer una pizza, rica en hidratos de carbono. En los momentos previos, a mí me da la sensación de que la gente en general está más preparada que yo: o bien se entrenó más, o ya corrió maratones, o ya hizo el cruce antes, etc. Pasa que las conversaciones que se escuchan en Pucón son TODAS referidas a la carrera. Al menos todas las charlas para las que nosotros teníamos oídos.

Luego de comer y de comprar algunos víveres para la carrera, nos fuimos a dormir.

Día 1: En sus marcas... listos...

Arrancó el día tan ansiado... Febo ya se mostraba amo y señor del firmamento, señal de que la jornada sería calurosa. Nos subieron a otro bondi y nos llevaron a la base del centro de ski del volcán Villarrica. Nos hicieron caminar unos dos inhumanos kilómetros hasta la largada, donde cargamos algo de agua y, ya realmente hastiados de tanta espera, cruzamos la línea de largada.
Joaco y yo - la largada

De manera casi automática, la ansiedad desapareció, dando lugar a la adrenalina, a esa efervescencia propia que sentimos los que amamos los desafíos. Trotamos unos minutos y, víctimas de la inexperiencia, empezamos a caminar, temerosos de quedarnos sin energía para finalizar el recorrido.

Las primeras dos horas fueron de algarabía y excitación, y se nos pasaron bastante rápido. El relieve era mayormente rocoso, ya que atravesábamos una ladera del volcán Villarrica, imponente a nuestra izquierda durante todo el trayecto. Quizás una subida se nos hizo un poco larga, pero la sobrellevamos sin mayores inconvenientes.

Llegamos al km 10, donde estaba el primer puesto de hidratación, el único que habría hasta el final de la primera etapa. Aquí cometimos el primer gran error de la carrera. Al no cargar nuestras mochilas, no tendríamos suficiente agua para recorrer tranquilos e hidratados los 30 km del primer día.

Al salir del puesto, nos adentramos en un frondoso bosque. El desafío ahora era distinto. Esquivar raíces y ramas, subir y bajar, agacharse y saltar. Estar atentos y concentrados para no sufrir lesiones... Ya saliendo del bosque, empezó la etapa más dura del día 1. Subida de poca pendiente pero de enorme distancia bajo el rayo del sol. Sería cerca del mediodía, tres horas desde la partida. La sed arreciaba y el agua se empezaba a agotar.

Al finalizar la subida, y cuando pensábamos que lo peor ya había pasado, el paisaje cambió súbitamente. Coincidimos en que lo más parecido a lo que veían nuestros ojos era suelo lunar. Teníamos por delante unas enormes lomas de arena negra que obligaban a un esfuerzo descomunal para ascenderlas y descenderlas. El camino serpenteó a través de ellas por alrededor de una hora. Hasta que finalmente llegamos a un nuevo bosque, con un arroyo que corría a través de él.

La bajada final comenzaba. Joaco perdió sus anteojos al agacharse a tomar agua por segunda vez con las gafas colgadas de la remera (la primera vez los había dejado sabiamente al costado). Ya con la última reserva de agua que nos quedaba y habiendo agotado los víveres (barras de cereal y geles energéticos básicamente, más alguna fruta) nos dispusimos a tomar agua del arroyo, si bien venía con bastante grava volcánica en su corriente y era imposible no tragar tierra junto con el agua. Era el km 20.

Este nuevo bosque era más húmedo y con bastantes más raíces. Acá fue donde empezamos a correr. Corríamos un rato y caminábamos otro. Cruzamos varios arroyos con agua a la altura de los gemelos... Curva y contra curva. La concentración empezaba a menguar y los tropezones abundaban. Creo haber contado 4 torceduras leves de tobillo derecho en mi caso, y 3 de tobillo izquierdo en el caso de Joaco. Serían las dos de la tarde. La sensación térmica estaría cercana a los 35°C. La sed ya no podía crecer más. La fantasía con el agua de la llegada era lo que nos mantenía caminando.

Cuando ya empezábamos a imaginarnos que estaríamos caminando por el resto de nuestras vidas, apareció la salida del bosque. Un jeep estacionado y la falsa ilusión de que hubiese agua. No... A caminar unos 3 ó 4 km más... Ya sin energía para correr, en bajada por un camino de tierra para autos y absolutamente extenuados. Pensando que en cada curva del camino estaría la llegada...

Llegada que, valga la redundancia, eventualmente llegó. En el medio de la nada, y después de más de seis horas desde la largada, apareció el espejismo con esos arcos inflables que para nosotros lo eran todo. Un par de gatorades y a subirse a otro bondi para trasladarnos al campamento...

Superados algunos calambres, llegamos al primer campamento: un lugar increíble a la orilla de un lago.

El paradisíaco lugar ayudó sin dudas a la recuperación. Ni que decir del plato de pastas más asado que almorzamos. Al cabo de un par de horas, volvíamos a sentirnos bien. Enteros. El ambiente en el campamento era muy tranquilo. Muchos corredores estresados con sus tiempos y su lugar en la clasificación. Nosotros todavía estábamos disfrutando el haber llegado dentro del límite de tiempo establecido para poder participar el día siguiente.

Sin mucha vida de camping encima, hicimos nuestro mejor esfuerzo. Joaco durmió en su vivisac (símil rompevientos pero en forma de bolsa de dormir), que fue como dormir en el piso. Yo tenía una colchoneta de pileta, que si bien era algo mejor, era nada comparada con los colchones inflables del 95% del resto de los corredores.

Disfrutamos mucho ese primer día en el campamento, aunque aún algo preocupados por el día que nos esperaba. El perfil de alturas del día 2 era atemorizante. En los primeros 15 km deberíamos ascender1500 metros (ver infografía)... Pero esa ya es parte del próximo capítulo... Nos vemos ahí.





martes, 30 de octubre de 2012

Joven Yo vs. Viejo Yo

En este último tiempo me ha ocurrido que, al encontrarme con gente que quizás no veo demasiado seguido, me han hecho algún comentario sobre mis tweets o mis comentarios sobre el país. Pese a que algunos puedan creer que me hago mala sangre, lo que en realidad intento transmitir es un poco la frustración y la desilusión que, a lo largo de los años, voy teniendo con nuestro ¿querido? país.

Últimamente cuando encuentro un espacio para reflexionar, pienso en Argentina. Se me viene a la mente una conversación entre dos personas. Al poco tiempo que charlan me doy cuenta que no son otra cosa que yo mismo en diferentes etapas de la vida. Habrá unos veinte años de diferencia entre uno y otro. La versión más joven es algo más joven que yo, aunque no demasiado (uno siempre se siente joven, por lo que le cuesta mirarse en retrospectiva). Esta versión joven es soñadora, tiene mucha energía y convicción para defender sus puntos de vista. Defiende al país y cree en el futuro. La versión más vieja (N. de R.: no confundir y tomar la connotación negativa que pueda tener esta palabra) rondará los cincuenta y es más pragmática. También, decididamente más descreída y desconfiada. Tiene menos energía al hablar y es menos tajante. Está abierto a escuchar otro punto de vista y, al hablar, sus palabras caen con peso, como si tuviera pruebas irrefutables de cada idea que expone.

Entre tantos temas que discuten el "yo joven" y el "yo viejo", nos son pocas las veces que se centran en la realidad del país. Intercambian ideas y hasta llegan a discutir, si bien en buenos términos y sin llegar a pelearse. Cuando la discusión se acalora un poco, de inmediato el "yo viejo" calma las aguas y vuelve a encausar la discusión, con una parsimonia y tranquilidad que son motivo de envidia del joven.

El "yo joven" cree en el país y en su futuro. Basa sus creencias en el compromiso de "la juventud" con el cambio. En los recursos del país (agrícolas, ganaderos, mineros, energéticos, turismo, etc.). En la potencialidad de seguir "creciendo". En la cercanía a Brasil y en algunos signos positivos de algunos indicadores macro-económicos. En una conciencia ciudadana que va in crescendo. En una mejoría individual de su status económico. Incluso lo seduce la posibilidad de ocupar algún cargo público. Al ir enumerando sus fundamentos, reconoce en ellos una debilidad: hay poco de realidad y mucho de deseo. Es mucho más lo que espera que pase que lo que realmente pasa. Y mientras, el tiempo también pasa.

El "yo viejo", sin ser demasiado lacónico, le dice que no tenemos arreglo. en Argentina la corrupción no tiene solución: alcanza a funcionarios públicos y público en general por igual. Del otro lado, la justicia es tan corrupta como muchos de sus juzgados. En Argentina se confunde ética con cumplimiento de la ley. Los empresarios piensan sólo en ellos mismos y los sindicalistas, millonarios, poco hacen por sus dirigidos. En Argentina están creciendo generaciones de chicos que nunca vieron a su padre trabajar, un problema cuya solución demanda muchísimos años desde el momento en que se empiece a hacer algo. En Argentina las reglas nunca son claras. Los resultados, sin embargo, son siempre similares: los que pagan siempre son los mismos y también son los mismos los que siempre caen bien parados. Hace mucho que en Argentina la inversión en infraestructura (caminos, transporte, puertos, industria, energía, federalización del país) es prácticamente nula. Somos un país donde el peatón debe esquivar autos, donde hay gente que se muere yendo a trabajar, donde hay 25 muertos por día en accidentes de tránsito. En Argentina la evasión de impuestos es una religión, como también lo es la malversación del erario público. En Argentina, bien entrados en el siglo XXI seguimos teniendo niveles de pobreza de otro siglo. En Argentina, y yendo a aspectos más abstractos para cerrar la argumentación, el sentido del prójimo directamente no existe. Un país en donde la desgracia ajena es más preciada que el bienestar propio no tiene salvación.

La primera pregunta que me surje es qué fue lo que cambió. Qué fue lo que pasó en el medio. Me respondo que fue el mero paso del tiempo. La vida misma la que se encargó de ajustar la visión del joven. El "yo viejo" tiene un pasado más largo y espera menos del futuro. Algunos lo llaman experiencia. Otros, madurez. Se podría hablar de optimismo y pesimismo, pero a mí me gusta entender el optimismo como una actitud hacia la realidad y no como un endulzamiento de la misma.

Por último, pienso en las lecciones de vida de mis seres más cercanos. Pienso en mis viejos. Ellos también soñaban ver una Argentina próspera y pujante. Solo se dieron el gusto de dejar de ver dictaduras. Aún se siguen haciendo mala sangre. Difícilmente vean a la Argentina como la soñaron. Muy difícilmente la vea yo... Sólo me queda soñar en que mis hijos vean algún cambio... Aunque no sé si prefiero mantenerme despierto, y trabajar desde el lugar en que estoy para intentar mejorar la realidad que me toca vivir. Al fin y al cabo, sólo el tiempo despejará la duda respecto de quién tenía razón: el joven Yo o el viejo Yo

miércoles, 8 de agosto de 2012

Estamos a tiempo...

Hace un par de días leí una nota sobre Bronnie Ware, una escritora australiana que trabajó en cuidados paliativos durante varios años. Investigando un poco, veo que esta nota ya ha recorrido muchos países. Y que incluso existe un libro de la misma autora sobre el mismo tema.

A raíz de su trabajo, Bonnie tuvo la posibilidad de interactuar con muchas personas que tenían un destino conocido y común: su propia muerte. Si bien todos sabemos que "algún día" vamos a morir, todos pensamos que ese día será dentro de muchos años (después de los noventa en la mayoría de los casos). No hay que ser científico para darse cuenta de que esto no es así. Cada despedida "anticipada" de un ser querido nos trae a la luz la realidad: nadie tiene asegurada la vejez. El caso de las personas que son atendidas en cuidados paliativos es distinto. Saben que se van a morir en el corto plazo. Meses. Años en el mejor de los casos.

El hecho de tomar al menos un poco de conciencia sobre la vida es algo fantástico. Las cosas toman otro sabor. El asado es mucho más rico... Hasta el agua se siente de otra forma. Las personas y las relaciones toman otra dimensión. Algo que nos parecía una ofensa criminal, al mirarla en esta perspectiva, nos parece una nimiedad...

Esto es, en parte, lo que les pasa a estas personas que saben a ciencia cierta que van a dejar este mundo en no tanto tiempo. Toman conciencia de la vida. Empiezan a extrañar las cosas antes de irse.

Pero el objetivo de esta nota no es disertar sobre el asunto, sino compartirles los cinco arrepentimientos más comunes que la gente en esta condición tiene (de acuerdo a la experiencia de Bonnie) poco antes de morir:

1) "Ojalá hubiese tenido el coraje para vivir una vida auténtica por mí mismo, no la vida que otros esperaban de mí"
2) "Ojalá no hubiese trabajado tanto"
3) "Me hubiese gustado tener el coraje para expresar mis sentimientos"
4) "Lamento no haberme mantenido en contacto con mis amigos"
5) "Desearía haberme permitido ser más feliz"

Creo que no vale la pena escribir más sobre el asunto, sino dejar que cada uno saque sus propias conclusiones.

De manera adicional, les comparto dos videos relacionados con este tema de dos personas que pertenecieron a este grupo de personas que conocían que morirían en el corto plazo, que hoy ya no están y que dan distintos enfoques sobre el asunto. El primero es de Randy Pausch. El segundo, de Steve Jobs.

La nota completa la pueden encontrar acá: infobae o acá (inglés): adtosuc. El libro: Libro



miércoles, 3 de agosto de 2011

Esa insanidad de salir a correr...

7.00 am. Suena el despertador. No entiendo nada. Entreabro un ojo. Tiro el ciego manotazo a la mesa de luz, a ver si logro dar con el despertador, que, vaya a saber por qué, siempre está en un lugar distinto de la mesita. Siento que los párpados me pesan como un mueble de roble francés. Lucho un poco más y logro sentarme. Gracias a la incipiente luz que entra por la ventana, producto de la reciente salida del sol, puedo descifrar la figura de la almohada. El círculo de saliva, o "babón" para los entendidos, es del tamaño de una naranja. Se lo percibe aún tibio. Miro para el costado, y la veo a la flaca ahí tirada. Durmiendo la mona como Dios manda. Claro: es sábado. Si ya madrugué todos los días de la semana, este es el momento ideal para no hacerlo. 

Pero algo me empuja a incorporarme, ir a ponerme la ropa deportiva, buscar los artilugios para escuchar música y encarar hacia la puerta de la casa... rumbo al pavimento...
Poco más de una hora y media de corrida después, ya estoy de regreso en casa. La satisfacción es enorme. Ya le gané la batalla al día. Todo lo que viene después, lo disfrutaré de otra forma... lo miraré con otros ojos... Es difícil de explicar...

Pero sería tonto de mi parte intentar explicarlo, cuando hay alguien que ya lo hizo.. Y que lo hizo de una manera magnífica, extraordinaria y única. Se trata de Marciano Durán (marcianoduran.com.uy), un charrúa que escribe a menudo y un día se le ocurrió hacerle este regalo a la comunidad mundial de corredores. 

Si alguna vez has corrido, en algún momento de este relato alguna fibra interior se moverá. Quizás te conmuevas, te emociones, e incluso llores, como yo. 
Si nunca corriste, tal vez esto te sirva para entender un poco más a esos locos que corren.
Te invito a disfrutar de una mezcla de poesía pura con genialidad y espontaneidad.